Chile - Febrero 2010

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Orlando Zapata tenía 42 años y cumplía una sentencia de 36 en cárcel de Camagüey
Muere disidente cubano
tras prolongado ayuno

por Gerardo Arreola

La Habana/ El opositor Orlando Zapata Tamayo, que había sido adoptado por Amnistía Internacional como prisionero de conciencia y según fuentes disidentes había mantenido una prolongada huelga de hambre en varias cárceles cubanas, murió hoy en un hospital de esta ciudad a los 42 años de edad.

Fue una muerte “completamente evitable”, dijo Elizardo Sánchez, de la ilegal pero tolerada Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional. “Es la peor tragedia de su tipo en el país”, añadió. “Todo el movimiento de derechos humanos está reaccionando, rechazando y condenando lo que puede considerarse un asesinato con ropaje judicial”.

Tamayo llegó el lunes por la noche a la sala de terapia intensiva del Hospital Hermanos Ameijeiras, en el centro de La Habana, en un estado crítico, con fallas en varios órganos y murió el martes a las tres y media de la tarde, indicó el activista.

Originario de la oriental ciudad de Banes, en la provincia de Holguín, Zapata era albañil y plomero, de raza negra, y a principios de esta década se unió a grupos adversarios del gobierno, por lo cual fue detenido tres veces, la última en 2003. Aunque su aprehensión coincidió con la de 75 opositores, fue procesado y condenado aparte, inicialmente a tres años de cárcel.

Zapata protestó repetidamente por el trato y las condiciones carcelarias y en esa forma acumuló nuevos juicios y sentencias, hasta acumular una pena de 36 años, indicó Sánchez.

Su protesta definitiva se inició el pasado 3 de diciembre, en la Prisión Provincial de Holguín, según la misma fuente. Las autoridades del penal lo enviaron a una celda de castigo y más tarde a la cárcel de Kilo 8, en la vecina provincia de Camagüey, en la que también ingresó a un área de máximo rigor.

En Kilo 8 Zapata mantuvo el ayuno y fue internado en la clínica de la prisión. La semana pasada fue trasladado de urgencia al Hospital Nacional de Reclusos del Combinado del Este, en La Habana, de donde salió al Ameijeiras. Hace dos semanas estaba entubado y en estado semicomatoso, añadió Sánchez.

Esta noche se realizaba la autopsia, tras la cual el cadáver sería trasladado a Banes, donde será sepultado, a petición de la familia.

Sánchez recordó que sólo hay un antecedente de un opositor preso en Cuba que haya muerto en la cárcel tras una huelga de hambre, la del líder estudiantil Pedro Luis Boitel, en 1972.

Algunos presos del grupo de los 75 enviaron una carta al presidente brasileño Luiz Inacio Lula, quien iniciaba esta noche una visita oficial a Cuba, para pedirle que abogara por la liberación de ellos y se interesara en particular por la situación de Zapata.

(*) Periodista. Corresponsal de La Jornada.


Zapata: ¿un muerto útil?

por Enrique Ubieta

La absoluta carencia de mártires que padece la contrarrevolución cubana, es proporcional a su falta de escrúpulos. Es difícil morirse en Cuba, no ya porque las expectativas de vida sean las del Primer Mundo -nadie muere de hambre, pese a la carencia de recursos, ni de enfermedades curables–, sino porque impera la ley y el honor.

Las Damas de Blanco y Yoani pueden ser detenidas y juzgadas según leyes vigentes -en ningún país pueden violarse las leyes: recibir dinero y colaborar con la embajada de Irán (un país considerado como enemigo) en Estados Unidos, por ejemplo, puede acarrear la pérdida de todos los derechos ciudadanos en aquella nación–, pero ellas saben que en Cuba nadie desaparece, ni es asesinado.

Por demás, uno entrega su vida por un ideal que prioriza la felicidad de los demás, no por uno que prioriza la propia. Así que la lamentable muerte de Orlando Zapata, un preso común -de largo historial delictivo, en nada vinculado a la política–, regocija íntimamente a sus hipócritas “dolientes”. Transformado después de muchas idas y venidas a prisión en “activista político”, Zapata fue el candidato perfecto para la autoejecución.

Era un hombre “prescindible” para los grupúsculos, y fácil de convencer para que persistiera en una huelga de hambre absurda, de imposibles demandas (cocina y teléfono personales en la celda) que ninguno de los cabecillas reales tuvo la valentía de mantener.

Cada huelga anterior de los instigadores había sido anunciada como una probable muerte, pero los huelguistas siempre desistían en buen estado de salud. Instigado y alentado a proseguir hasta la muerte -esos mercenarios se frotaban las manos con la expectativa de que muriese, pese a los esfuerzos no escatimados de los médicos–, el cadáver de Zapata es ahora exhibido con cinismo como trofeo colectivo.

Como buitres estaban los medios -los mercenarios del patio y la derecha internacional–, merodeando en torno al moribundo. Su deceso es un festín. Asquea el espectáculo. Porque los que escriben no se conduelen de la muerte de un ser humano -en un país sin muertes extrajudiciales–, sino que la enarbolan casi con alegría, y la utilizan con premeditados fines políticos. El caso de Zapata me recuerda el de Pánfilo: los dos fueron manipulados y de cierta forma conducidos a la autodestrucción de forma premeditada, para satisfacer necesidades políticas ajenas: uno, llevado a una persistente huelga de hambre de 85 días (había realizado ya otras anteriores que afectaron su salud); el otro, en pleno proceso de desintoxicación alcohólica, invitado a beber para que dijera frente a las cámaras lo que querían oir.

Me pregunto si eso no es una acusación contra quienes ahora se apropian de su “causa”. Tienen razón al decir que fue un asesinato, pero los medios esconden al verdadero asesino: los grupúsculos cubanos y sus mentores trasnacionales. Zapata fue asesinado por la contrarrevolución.

(*) Periodista

 http://la-isla-desconocida.blogspot.com