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Presuntamente inocentes,
disuasivamente disparando
por Marcelo Garay Vergara
¿Se
fijaron?, después de su berrinche de plomo y perdigones contra estudiantes
de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano que se manifestaban en
la calle, inspectores, jefes operativos, subsecretarios y los bocones de
siempre, incluida la señora, levantaron culpa sin que un tribunal se
pronunciara aún. Entonces, la “presunción de inocencia” que un ex
paramilitar venido a ministro de Estado sacó de su manga para cuidar la
pega de torturadores y asesinos de la DINA y la CNI, se fue a la mierda.
El criterio cambió. Y cómo no, si en la era
de la criminalización de la protesta social, a la hora de buscar
culpables, corre el “todo vale”. “¡Fue un ataque grave, cobarde!”; “¡Un
ataque premeditado!”; “¡Los efectivos hicieron disparos disuasivos!”,
dijeron.
La oratoria de costumbre: apareció
Lautaro, los anarquistas y los mapuche; sólo faltó la ETA, los talibanes,
una columna de Sendero Luminoso o de las FARC y, quizá, alguna célula
dormida de Al- Qaeda. Ya saben, la alharaca
policíaco-concertacionista-aliancista da para todo… y nada. La verborrea
esquizofrénica que interrumpió la hora de las tele-cebollas que adormecen
a las dueñas de casa de este Chile de cartulina.
Curioso: las imágenes mostraban los
“disparos disuasivos”, pero ¡ninguno fue al aire! A la respuesta
incendiaria de los encapuchados, el gordito de terno y su ridículo casco
negro sació su sed reventando cartuchos de una ‘pajera’ que le compró el
Estado contra los estudiantes que le gritaban asesino. “¡Tírale, hueón,
tírale, hueón!, se oyó clarito. Parecido a como le soplaron por radio al
cabo Walter Ramírez, la mañana en que le dio por la espalda a Matías
Catrileo.
“¡Quizás fue la oportunidad de jugar a los
soldaditos”, me comentó mi mujer, a propósito del despropósito de los
efectivos de la BH allí en Condell. Entonces se me asomó en la retina la
Franja de Gaza con sus niños y jóvenes repeliendo a peñascazo limpio los
tiros de M-16 del ejército israelí. O aquel policía arriba de un puente
percutando su Taurus 38 contra comuneros mapuche; y la lluvia de tiros que
mataron a Rodrigo Cisternas en la ruta 160, entre Concepción y Arauco.
¿Se
fijaron cuantas armas exhibió la policía allí en calle Condell? ¡Estaban
vueltos locos! Tanto o más como aquella tarde de octubre de 1993 en
Apoquindo con Manquehue, cuando le metieron -“disuasivamente” hablando-
casi 200 tiros a una liebre donde viajaban, además de pasajeros,
militantes del Movimiento Juvenil
Lautaro.
¿Presunción de inocencia?: ¡Chao! Los desquiciados
fueron los lautarinos y, claro, también los pasajeros por viajar en el
microbús. Esa vez, el presidente de la eterna sonrisa y la justicia en la
medida de lo posible, respaldó el accionar de la policía y para él no hubo
exceso alguno.
El martes 2 de septiembre en calle Condell,
tampoco. Tampoco en enero de 1992, cuando la policía nos brindó una de sus
tantas performance de sangre y ejecutó, en vivo y en directo para la
televisión chilena, a los jóvenes militantes del FPMR, Alex Muñoz y Fabián
López, en una casa de un apacible barrio de Ñuñoa.
No hubo presunción de inocencia en enero
de 1998, cuando la policía se metió a tropel y armada hasta los dientes a
la población Legua Emergencia en busca del “Guatón Pablo”. Aunque esa vez
salieron medios trasquilados, el escándalo que armaron corrió por cuenta
de mujeres, jóvenes y niños, todos pobladores, maltratados hasta decir
basta en medio del operativo. ¡Todos eran culpables! Y desquiciados por
el sólo hecho de ser pobres.
En
agosto de 2007, el menor Oscar Landeros, de 11 años, cometió el
“desquicio” de pelearse con el hijo del ex cabo Miguel Ángel Canto. El
entonces policía le metió dos tiros a quemarropa y le arrebató la breve
vida al risueño y travieso Oscarito. En su primer relato, este “gatillo
fácil” dijo que había sido un disparo disuasivo que rebotó e hirió de
muerte al menor. Esa vez sí valió la “presunción de inocencia”, como ahora
para los sicarios de la DINA y la CNI.
No así para el joven Eduardo Espinoza, de
19 años, acusado de disparar y matar al cabo Cristian Vera, durante
incidentes del 11 de septiembre de 2007, también en Pudahuel Sur, al
poniente de Santiago. La inquilina de La Moneda de inmediato condenó el
hecho y el muchacho fue considerado “el asesino”.
Pero no hubo asesinos, sino “presuntos
responsables”, entre los policías que abrieron fuego contra la
retroexcavadora que Rodrigo Cisternas condujo para contrarrestar la
represión de la huelga obrera en la que participaba. Esa vez, la señora
que vive en La Moneda ni siquiera tuvo el coraje de darle el pésame a la
joven viuda de Cisternas. Los “disparos disuasivos” eran suficientes para
convencerla de que no era bueno meterse en revueltas obreras.
Ahora fue el turno de la PDI y sus
“disparos disuasivos” al cuerpo fueron un acto de heroísmo, pero nunca un
desquicio. Esta vez y como antes, los
desquiciados tienen la misma pinta, los mismos cortes de pelo, los mismos
sueños; los mismos apellidos, tal vez, pero ninguno es presuntamente
inocente, sino todo lo contrario. Quizás sería mejor lanzar bombas de
pintura o incendiarias de carácter disuasivo la próxima vez, ¿no creen?
(*) Periodista, ex preso político.
Fotos: Jorge Zúñiga. Trinchera de la
imagen.
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