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Ad Llallin, mujeres mapuches
tejiendo sueños
Ad Llallin -costumbres de las arañas-
nació en agosto de 2008, pero venía funcionando sin nombre desde unos dos
años antes. Es un lugar de encuentro para tejer y aprender. Un lugar desde
el cual proyectar la identidad de todo un pueblo.
por Arnaldo Pérez Guerra
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Un
grupo de tejedoras mapuches dio nacimiento al taller de arte
textil Ad Llallin y al museo mapuche itinerante Llampezken,
rescatando su cosmovisión y el universo con un oficio ancestral
plenamente vigente. Durante meses exhibieron sus obras en la sala
Novedades, de la Biblioteca de Santiago, en la Estación Mapocho y
en el Centro Arte Alameda, concitando muy buena recepción. La
exposición “Ñimin, dibujo de la tierra” presentó durante meses sus
textiles, tejidos a partir de una investigación realizada por
ellas mismas. Con su trabajo, señalan, contribuyen a la
resistencia y la recuperación del territorio mapuche:
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“Cuando tejemos, le decimos a nuestros
hermanos encarcelados, a los niños que sufren los allanamientos,
a los peñi y lamgen desplazados por los megaproyectos, que estamos
vivos, que preservamos para el futuro de nuestro pueblo este saber
ancestral”, dice Loreto Millalén, tejedora, licenciada en arte y
coordinadora del taller. La periodista Eugenia Calquín, una de las
organizadoras de la muestra,
añade: “Con un grupo de lamgen tejedoras damos vida a este museo
itinerante. Exhibimos más de veinte piezas. Nos adjudicamos un
Fondart, luego de una investigación sobre los textiles mapuches
que realizamos en el Museo de Arte Precolombino. Durante nuestra
presentación realizamos talleres de hilado y telar, urdimos
sueños, esperanza y resistencia en este rincón de la ciudad, que
también es parte de nuestro territorio ancestral”.
Miles han visto esta exposición y particular museo. La ceremonia
de inauguración fue oficiada el machi Juan Curaqueo. Susana
Cayupán compartió recetas de comida mapuche y Daniela Millaleo,
Antv Liwén y Karen Wenul compartieron música y canto. Las
tejedoras explican a los asistentes el sentido de cada técnica y
el espíritu de los ñimin y textiles. “Queremos mostrar lo
cotidiano de este arte, su vigencia y proyección, y la importancia
de defender nuestro bosque nativo, pues en él descansan los
colores que alimentan su expresión”, agrega Eugenia Calquín.
“Usualmente no se hace este tipo de exposiciones, que la gente
tenga acceso a imágenes, textiles y texturas. Es un museo táctil.
Se pueden tocar las piezas y participar. Un grupo escarmena la lana
para luego hilarla. No es un simple taller de telar, como los que
hoy están de moda. Una de nuestras ventajas es el contacto con el
vellón, el experimentar cómo se transforma en hilo. Sentir esta
transformación es un privilegio. Sol Rupailaf enseña a escarmenar
y a hilar. Después, puedes pasar a tejer al pichi witran. Las más
avanzadas hacen ñimikan, dibujo sencillo. Quienes manejan las
técnicas trabajan pampas con Eugenia Calquín”, dice Loreto
Millalén.
Ad
Llallin -costumbres de las arañas- nació en agosto de 2008, pero
venía funcionando sin nombre desde unos dos años antes. Es un
lugar de encuentro para tejer y aprender.
Loreto Millalén se encarga del taller de telar: “Enseño a tejer a
las lamgen que no saben. Siento que les ayudo a recordar y entre
todas, recuperamos nuestra memoria”, añade. A pesar de su
importante labor, han sido desalojadas en dos oportunidades. En
agosto de 2008, Carabineros desalojó el Centro Cultural Ainil, del
barrio Concha y Toro. En la casa, conocida como Palacio Walker,
funcionaban varias organizaciones culturales y sociales en
conocimiento de los propietarios del inmueble. La habían
recuperado y convertido en espacio de creación y expresión. Una
empresa inmobiliaria que poseía el 40% de la propiedad presionó
para desalojarlos. Recurrieron a CONADI y, después, ocuparon una
vivienda abandonada en calle Villavicencio, detrás del Edificio
Gabriela Mistral. Allí montaron el taller de telar y otro de
prácticas medicinales.
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“Por comodato, pertenece al pueblo
rapanui. Y nos desalojaron después de tres semanas a petición de
las municipalidades de Santiago e Isla de Pascua. Íbamos a hacer
un encuentro de pueblos originarios. El día del desalojo, los
padres de Alex Lemún iban a dar una conferencia de prensa. Esa
misma mañana, Carabineros nos expulsó. No fue coincidencia… De
allí paramos en La Legua Emergencia y en Purén Indómito. Ahora,
con el museo itinerante, no hay lugar fijo. Vamos donde esté la
gente. Nos han pedido la exposición y vamos a mostrarla por el
país”, dice Loreto Millalén.
LOS TEXTILES MAPUCHES
El arte textil mapuche guarda misterios. Las tejedoras codificaban
en sus ñimin -dibujos-, la vida cotidiana de su pueblo. “Los ñimin
tienen newen, fuerza. Cuando se les teje, se les provee de bordes,
que protegen. El kintuwe habla de la búsqueda de pareja. Lo usan
quienes quieren formar su familia. Enclave es el ñimin de
protección de la comunidad. Lo usaban los lonko como símbolo de
mando. Xunkay es utilizado para la unión de la familia. Lukutuwe
es lugar donde se arrodilla. En los zomoxarvwe aparecen entre 27 y
33 de estos ñimin, remitiendo al ciclo menstrual. Los xarvwe
cuentan con cerca de 22 lukutuwe que podrían referirse a las
menstruaciones anuales, así, podemos pensar que se trataba de un
calendario lunar. El meli wixan mapu -los cuatro lugares de la
tierra-, son los soportes del universo, nuestros ancestros y
protectores, espíritus, vientos, fuerzas, direcciones y todo lo
necesario para crecer y ser”, dice Loreto Millalén.
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Ella se licenció en arte con mención
en grabado. Su familia es de Rucacura -casa de piedra-, en los
alrededores del lago Budi. “Aunque nací en Santiago, todos los
veranos visitaba a mis tíos y primos. Cuando era niña, vivían en
una ruca y mi tía Francisca trabaja la lana, hilando y tejiendo
frazadas”. Con el tiempo el taller se convirtió en un colectivo,
donde se practican y comparten técnicas ancestrales del tejido
mapuche. Ad Llallin ha efectuado varios encuentros de tejedoras
que se sienten identificadas y dispuestas a estudiar las técnicas:
“Es una forma silenciosa y femenina de recuperación y de lucha de
nuestro pueblo, recuperando memoria. Hacemos conciencia y nos
fortalecemos recordando que somos mapuches, que tenemos una vida y
lucha común. Tejemos y descubrimos la sabiduría, otorgándonos
fuerza, unión, alegría y conciencia”, dice.
El museo itinerante da cuenta de ocho técnicas de tejido.
“Representa el valioso patrimonio de nuestras abuelas, maestras
tejedoras. Una de las técnicas es el gvren, forma de tejer que
representa el valor de la justicia en la vida cotidiana. Base para
entender la construcción de un textil mapuche, se conoce como el
tejido llano”, dice Loreto Millalén. Otras técnicas son el pitiw
-que habla del respeto, equilibrio y la armonía entre quienes son
diferentes-; el welu kidef -cimiento y complemento; lo anverso y
reverso del camino-; el ñimikan, -dibujar en impares, agrupando
familias de tres; una pareja y su primogénito, o éste con sus
abuelos-, que describe los deseos de quien teje y de quien porta
el textil; y otras técnicas como el ñimin, pampa, xarikan y
chuñutukar.
La muestra expone un iñimin -poncho- de Amalia Quilapi, de Cañete,
teñido con bosque nativo: “Amalia nos decía lo lamentable que es
que cuando quiere ir al bosque donde se crió, a sacar raíces y
cortezas para teñir, tiene que discutir con guardias forestales
que no la dejan pasar. Dice que eso no está bien, que ellos ni
siquiera vieron crecer esos árboles, que no pueden sentirse sus
dueños… Para teñir hay que ir al bosque, donde está el menoco
-pantano sagrado-, donde no entra el sol y el agua está estancada
hace mucho. Con ese lodo se tiñe el negro, que no se corre como la
anilina… Acá hay piezas con muchos colores del Alto Bío Bío.
Nuestras papai (mamitas) de ese sector son grandes artistas. En
sus diseños aparecen las diferentes formas de ver el pehuén,
semillas, frutos y plantas medicinales”, dice Millalén.
SABIDURÍA ITINERANTE
Hicieron
un minucioso estudio de la colección de más de cien piezas
textiles mapuches del Museo de Arte Precolombino, del vestuario
masculino (como los xarvciripa –fajas-, xarvlogko –cintillos-,
makvñ –mantas-) y femenino (xariwe –fajas-, kvpan –vestidos-,
vkija –rebozos-), así como de los de uso doméstico. Piezas en
diversos estados de conservación y sin mucha información respecto
de su procedencia. Parte de su trabajo fue recuperar el
conocimiento y sabiduría guardados allí. Dice Loreto Millalén:
“Nos hemos centrado en los diseños y dibujos. Analizamos las
urdimbres, tramas, colores, todo tipo de elementos del textil.
Como no hay ninguna investigación que hable de esto, la
interpretación pasa por el sentido del ñimin, que es un símbolo,
un signo que quiere ser visto y leído con el rakiduam, la mente y
el corazón, con la sabiduría de una persona. Hemos descubierto
cosas maravillosas. Las antiguas papai eran grandes artistas.
Afortunadamente, en todo el continente hay tejedoras. Es un arte
que ha permanecido a pesar del inmenso genocidio cultural que
padecieron nuestros pueblos”.
El museo mapuche itinerante Llampezken tiene el nombre de la
mariposa. Ellas hacen con su trabajo todo lo que pueden para que
esa mariposa polinice su territorio ancestral y recupere la
memoria del arte textil mapuche. “Exponemos técnicas ancestrales
que hoy están plenamente vigentes. Quienes tejemos somos del Bío
Bío, de Temuco y sus alrededores, y de la Región Metropolitana.
Nuestra preocupación central es hacer una narración de nuestro
quehacer, nuestra forma de ver la vida y el mundo mapuche, para
que las personas que nunca los han mirado más que como objetos
arqueológicos los vean como artes visuales, como formas de
dibujar, de pintar, que los perciban como la gráfica de nuestra
cultura. A través de entrevistas con las antiguas tejedoras hemos
corroborado lo que muchas veces pensamos al ver los dibujos: la
relación fuerte, profunda y vigente con la naturaleza, no
solamente con acontecimientos y procesos, sino también con la
forma de ver, de hacer y querer. Perseguimos que la cultura sea
siempre un beneficio para la comunidad, en armonía con la
naturaleza y con las diferencias entre las personas”, dice Loreto
Millalén.
Muchos dibujos y diseños son utilizados para “pedir protección”.
Algunos son una especie de ideogramas con una multitud de
posibilidades y variaciones. También se los va recreando y existen
técnicas que dan libertad plena a las tejedoras para decir y
expresar lo que piensan, lo que ven y lo que sustentan sus
sentimientos. ¿Qué dicen quienes nunca han visto un museo y taller
como éste? “La recepción es excelente”, señalan las tejedoras.
Algunos saben del mapuche y los problemas que viven como pueblo,
pero hay quienes no saben nada y sólo quieren aprender telar.
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“Les decimos que siempre que tengan la
oportunidad de hablar del mapuche, que no actúen con prejuicios,
que si no saben es mejor no opinar, que deben investigar,
estudiar… Nosotras les hablamos de la vinculación de este trabajo
con nuestro territorio. Para teñir es necesario conseguir
materiales en el bosque nativo, como barro o raíces. Les decimos
que las mujeres que tejen son madres, esposas, hermanas o hijas de
los prisioneros políticos, de los weichafe -guerreros- que luchan
contra las injusticias con las que se trata a los mapuches. Eso es
parte de nuestra conversación durante el trabajo. Para nosotras es
un camino de lucha esta forma de trabajo y de contacto, también es
una forma de lucha la enseñanza y el traspaso de conocimientos.
Muchos llegan diciendo que no son mapuches. Les decimos: ‘Si están
acá no es casualidad’. Si tienes cuatro abuelos y sigues hacia
atrás -son 16 bisabuelos, etcétera-, todos tienen algún antepasado
mapuche. Así se va conversando mientras se escarmena y se hila”,
agrega Loreto Millalén.
El Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes (Fondart)
financió la adquisición de algunos textiles y la muestra
itinerante por la Biblioteca Santiago, la Estación Mapocho y el
Centro Arte Alameda. Pero la exposición y el taller estuvieron
también en otros lugares no considerados por el Fondart, como la
población La Legua Emergencia, en la comuna de San Joaquín, y en
un colegio en la comuna de Peñalolén. “Como es un museo táctil,
permitimos que niñas y niños toquen la lana, los textiles, que se
prueben piezas para que, además de conversar de los dibujos,
aprendan. Explicamos la importancia de las prendas y qué función
cumplen en la comunidad. La acogida y el contacto son muy cercanos
y para nosotras significa una recuperación del territorio.
Afortunadamente, hay muchas tejedoras y su descendencia también
teje. Muchas mapuches no tienen telares pues están en los museos.
Hemos encontrado algunos en el Museo de Arte Precolombino y en el
Museo Stom de Chiguayante… Podemos decir que estamos recuperando
lo que no nos tocó por generación por todo lo que sabemos ha
ocurrido. Por eso, es una gran alegría, motivación y fuente de
aliento reunirnos en torno al telar”, agrega Loreto.
Señalan que les sería muy útil un lugar donde trabajar. Un terreno
para el taller y museo de técnicas, donde pudieran exponer y
recibir a las delegaciones del sur. Donde pudieran estudiar y
enseñar, exponer películas, hacer obras de teatro y todo lo que
van tejiendo. Sueñan con una tienda para exponer. Cuando se reúnen
invitan a otros mapuches que cultivan la música, poesía y danza.
“Necesitamos un espacio de expresión y encuentro en torno al
telar, que literalmente es el tejer, pero también el entretejer.
Nuestros proyectos son seguir presentando el museo itinerante y
mucho nos gustaría hacer un taller para niñas y una publicación
sobre técnicas del tejido, en un texto que recoja nuestra
formación profesional y la tremenda libertad que tenemos al tejer,
pues nadie nos controla y expresamos lo que pensamos y sentimos”.
En muchos de sus textiles aparecen mariposas. “Nuestro sentimiento
lo corrobora, nuestra forma de entender cómo, para qué y qué se
teje, se basa en ese sentimiento y en lo que conversamos con
nuestras maestras… La tejedora tenía prestigio, era una artista,
una lawentuchefe -experta en hierbas medicinales-. El arte es una
medicina. Trabajarlo es portar una medicina. El contacto con los
materiales y su transformación es mágico. El ejercicio de mover
nuestros dedos y pensar, de reunirnos en torno a estos quehaceres,
también es medicinal. La función de la tejedora es escribir,
dibujar, pintar lo que somos… También queremos seguir
investigando. Que se sepa por qué seguimos tejiendo, exigiendo
nuestro territorio, demandando sin miedo a la muerte que se nos
trate con justicia. Vengan a tejer con nosotras y conversamos”,
dice Loreto Millalén.
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