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Chile - Febrero 2010 |
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por María del Carmen López El actual debate que se produce en nuestro país y en el mundo acerca del derecho a la adopción para parejas del mismo sexo son ocasión para plantearme algunos interrogantes y reflexiones. La política neoliberal imperante en el orden mundial está dejando crueles secuelas que cobran dimensiones dramáticas en los países pobres, en especial en Latinoamérica. Paralelamente las nuevas tecnologías como Internet nos han habituado a recibir cascadas de información a diario, y esto que puede considerarse de manera general como una importante ventaja ofrecida por la globalización, puede ser también, aunque de manera velada, un instrumento al servicio de ese sistema que genera esas “crueles secuelas” del mismo. Digo esto porque estamos habituados a recibir información en cascadas, muchas veces imposibles de metabolizar, algo que no necesariamente estaría tan mal -dicen que lo que abunda no sobra- pero es preocupante cuando esa abundancia puede ser productora de determinados “síntomas sociales” tal como una “naturalización” de esa cruda realidad a la cual algunos privilegiados solo accedemos mediante lo que recibimos de los medios de comunicación. Algo de esto suele pasar en especial cuando esa cruda realidad a la que accedemos a través de los medios puede resultar intolerable, ante lo cual ponemos a funcionar los mecanismos psíquicos con los que contamos para buscar algún canal de simbolización ante lo insoportable que nos invade. Y así “naturalizamos” lo inhumano, por ejemplo con estadísticas como estas: 10.000 niños mueren de hambre en el mundo cada día, 600.000.000 son los niños trabajadores, las más de las veces en condiciones de esclavitud (incluye dentro de la categoría “trabajadores” a niñas y niños que ejercen la prostitución), 150.000.000 viven en las calles de las grandes ciudades, y estas son solo unas pocas transcripciones que tomo como muestra, ya que podría llenarse un libro entero con ellas. Podemos completar estas estadísticas en un nivel descriptivo: los niños utilizados como soldados, los forzados a participar en pornografía, los que se ponen a la venta como una mercancía, o aún aquellos que pese a que han sido deseados y queridos están determinados por el azar de haber nacido en ámbitos condenados a la miseria o a la violencia, pero no es ese el objetivo del trabajo, solo exponer una pequeña muestra introductoria a las reflexiones que tal realidad me suscita. En contraste con lo expuesto hasta aquí, no puedo dejar de reparar en la “hipocresía”(1) con la cual desde distintos ámbitos de poder institucional se insiste en argumentos como “los niños tienen derecho a tener un padre y una madre” aduciéndolo como razón de oposición al derecho a la adopción para las parejas homosexuales. Sentencian entonces que los homosexuales no podrían adoptar al no cumplir con esa condición aparentemente necesaria para acceder a tal derecho, como es la de garantizar a los menores que las figuras y funciones parentales correspondan a distintos sexos biológicos, un hombre y una mujer. Vaya hipocresía (otra vez la palabra hipocresía, perdón) cuando ningún dato tenemos que nos haga pensar que esos niños marginados y arrojados al abismo de la desprotección y la miseria provengan de parejas que no hayan cumplido con las condiciones “garantizantes” de salud y calidad de vida, como es pertenecer a sexos diferentes. No encuentro otra calificación que la de hipocresía para calificar a las estructuras de poder establecido que le niegan el derecho a adoptar a personas cuya elección de objeto sexual no corresponde con la heterosexualidad hipócritamente pretendida como “normal”. Mucho más cuando es la sociedad la que reconoce en esas personas como sanas y capaces para desenvolverse en todos sus ámbitos, y además desean y están en condiciones de brindar amor, cuidado, respeto y proyectos de vida positivos a niños que de otro modo quedarían destinados a una muerte psíquica, social, y en muchos casos real. Y nuevamente me disculpo, se que estoy abusando del término, pero ¿no se trata también de hipocresía cuando a esos menores en condiciones de ser adoptados, cuyo destino casi marcado es que no llegarán a adultos, se le niega el derecho de ser queridos, vivir en el seno de una familia que los cuide, los eduque, y que esa familia no sea discriminada por no responder a esos cánones de “normalidad” que nuestras conservadoras instituciones pretenden enquistar en pleno siglo XXI tal como si fuera el Medioevo?. Que otra calificación que la de hipócrita merece un sistema pretendidamente democrático en el cual el “respeto a la igualdad de derechos” sin distinción de raza, religión, sexo, opinión, o cualquier otra condición o circunstancia personal o social, dependerá no solo de la condición económica, sino también de que la elección del objeto sexual esté acorde a los cánones que rijan las instituciones que funcionan como instrumentos del poder. Sabemos con Foucault que la tarea real de la política es entrometerse en el trabajo de las instituciones a través de las cuales el poder instrumenta su fuerza y desenmascararlas de modo de poder actuar sobre ellas o contra ellas. En la temática que nos ocupa tenemos que considerar que son muchas y poderosas las instituciones que han ofrecido sus discursos hegemónicos como instrumentos al servicio de las relaciones de dominación. Podríamos hacer un largo e interesante “tour de desenmascaramiento” de hipocresías por distintos discursos institucionales funcionales al mantenimiento del poder instituido. Atravesando por ejemplo el médico-científico como promotor de la “heterosexualidad” como condición de “normalidad”, expulsando de ese modo a la condición de patológica a toda elección sexual que se desvíe de su construcción. Recorriendo la historia de la institución familiar, que si bien desde siempre está en crisis y ha perdido hace ya mucho su función de asegurar el mantenimiento de la especie, sigue siendo la célula social fundamental para perpetuar de generación en generación las relaciones jerárquicas y autoritarias necesarias para el sostenimiento de la sociedad de clases. Haciendo algunas escalas en otras instituciones reproductoras de prácticas y discursos funcionales como la educación, los medios de información, la justicia o la Iglesia. En esta última voy a detenerme brevemente, especialmente porque ya que de desenmascarar hipocresías hablamos, tenemos en ella bastante para analizar. Es interesante observar como, pese a que en el imaginario social de la época la Iglesia pareciera no contar con el poder sobre la sociedad que ha sabido construir a lo largo de su historia, que muestra un rotundo atraso en lo cultural, lo humano, lo social, o que ha perdido el prestigio que la sostenía, por ejemplo amparando entre sus miembros a abusadores, violadores o pederastas, aún así sigue siendo determinante cuando de definir derechos se trata, por supuesto, haciendo oír su voz en defensa de los sectores mas conservadores y reaccionarios. En el año 2003, inmediatamente después de que el presidente de EEUU hiciera público su rechazo a las uniones matrimoniales entre homosexuales, el Vaticano ratifica por medio de un documento oficial: “Ninguna ideología puede cancelar del espíritu humano la certeza que el matrimonio en realidad existe únicamente entre dos personas del sexo opuesto, que por medio de la recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus personas”... y más adelante “reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio, significaría no solamente aprobar un comportamiento desviado y convertirlo en un modelo para la sociedad actual, sino también ofuscar valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad”. Entiendo que fácilmente podrá decirse sobre este documento emitido por el Vaticano que se trata solo de una institución retrógrada, que poco peso tiene en la opinión colectiva, que tal vez no ya habría que darle trascendencia... Ahora bien, en un trabajo del sociólogo Juan Carlos Marín llamado “La Iglesia Católica y las FFAA” describe con claridad como se ha construido a través de los siglos la Iglesia Católica como instrumento de las clases sociales dominantes, y describe también los mecanismos mediante los cuales ha logrado sostenerse en ese objetivo... lo cual merece al menos considerarla como una institución que mantiene su fortaleza viva, tanto por el poder económico que ha sabido acumular como por su capacidad para esconder y ocultar lo que debería ser desenmascarado. Uno de los mecanismos utilizados por la Iglesia para sostenerse como instrumento de control de las clases dominantes es que han construido una amplia red de instalaciones, fortalezas de un poder espiritual que le permitió generar y mantener una infantilización de las poblaciones, monopolizando el control y limitando la reflexión. Construir y mantener la ignorancia, detener el desarrollo de la capacidad reflexiva de las masas, para de esa manera lograr infantilizarlas y detenerlas en las etapas más precarias del desarrollo intelectual. Monopolizaría las formas de conocer, de comprender el mundo y enfrentar sus temores, utilizando su capacidad para amenazar, atemorizar y aterrorizar a quienes cuestionaran el orden existente e intentaran vulnerar las condiciones de esa realidad terrenal. La iglesia atendía el sufrimiento terrenal de la población y así detenía el avance hacia la conciencia de las causas que provocaban ese sufrimiento. Dice Marín que una de las razones de su perdurabilidad puede deberse al encubrimiento de gran parte de sus acciones, de su identidad. “La Iglesia ha podido ser, de acuerdo a las necesidades inherentes a cada época y momento, ostentosa, discreta, clandestina, adaptándose a las circunstancias históricas de reproducción”. Y es justamente en esta capacidad que tiene de encubrir su verdadera identidad donde deberíamos hoy plantear la pregunta fundamental, ya que es ostentosa la hipocresía de atribuirse la cualidad para juzgar al mundo y en pleno siglo XXI calificar como “desviados” a todo aquel que no responda a sus criterios medievales de “normalidad” al mismo tiempo que en su seno cobija impunemente la más amplia gama de perversiones de sus miembros. Asimismo es ostentosa la hipocresía que muestra al emitir documentos, presionar a la justicia y a los gobiernos de todo el mundo para impedir cualquier método anticonceptivo, la ley del aborto, y la posibilidad de acceder a la adopción a las parejas homosexuales, avalando de este modo la muerte social de millones de niños que con suerte llegarán a la adolescencia. Y mientras tanto, siguen naciendo niños a los cuales nadie les preguntó antes de nacer si aceptan el negro destino que este sistema les ha trazado. 1-“Hipocresía: (Del gr) 1.f. Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan” .
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