por Silvia Ribeiro
La reunión
de Naciones Unidas sobre cambio climático que se realizó en
Copenhague en diciembre 2009 fue, como anunciaron titulares de todo
el mundo, un fracaso. Pero también un parteaguas en muchos sentidos.
Me parece útil acercarnos más al contenido de ambas cosas.
Por un lado, como
mencioné en artículos anteriores, se les acabó la tranquilidad
social a los señores que pretendían negociar más comercio de carbono
y nuevas tecnologías sofisticadas, caras y patentadas, para resolver
la crisis climática, sean estos empresas o gobiernos. No quiere
decir que no lo sigan haciendo, pero la movilización y denuncia
social les cortó el circo, el montaje mediático. También se
resquebrajó la careta seudo-crítica de muchas organizaciones no
gubernamentales (ONG) que participan como sociedad civil dentro de
esta Convención, pero que están vinculadas directa o indirectamente
a las industrias causantes del cambio climático.
Un ejemplo: el
Observatorio Europeo de Corporaciones, con una coalición de varias
organizaciones internacionales, organizó el concurso La sirenita
enfadada (en alusión a la estatua símbolo de la ciudad de
Copenhague), para denunciar el cabildeo corporativo que intenta
disfrazar actividades que empeoran el cambio climático,
presentándolas como si fueran soluciones. Entre los nominados
estaban Shell, la Asociación Internacional de Comercio
de Emisiones, el Instituto Americano del Petróleo
y otras. Se pueden ver todas las nominadas y las razones para ello
en
www.angrymermaid.org/es.
Finalmente, el 15
de diciembre, el premio a la peor empresa lo ganó Monsanto,
por la falacia de promover los cultivos transgénicos como solución
al cambio climático, intentando además, a través de aliados
gubernamentales, legitimarlos como sumideros de carbono. Es
significativo que la multinacional conservacionista Fondo Mundial
para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés), también mereció
una mención adjunta, por participar con Monsanto en la
llamada Mesa Redonda de la Soya Responsable, que intenta justificar
la criminal expansión tóxica de la soya en Brasil y el sur de
América Latina.
También hubo
parteaguas entre representantes de gobiernos dentro de la
Convención.
Como trasfondo, la
presidencia danesa se dedicó de forma vergonzosa a favorecer
procesos antidemocráticos y reuniones secretas y/o cerradas entre
algunos países auto-considerados significativos. Participaron en
esas reuniones los gobiernos de los países que son los principales
causantes del cambio climático global –que afecta y amenaza
seriamente a otros países–; que en lugar de asumir la
gravedad de los hechos y proponer medidas reales para reducir sus
emisiones (lo cual hubiera sido una verdadera novedad), se dedicaron
a evitar cualquier cambio sustancial de la situación.
Más tarde
intentaron en el plenario sacar a la fuerza un acuerdo para
presentar a la prensa y el mundo como una victoria histórica. Es una
dinámica como en la Organización Mundial de Comercio –donde todo se
discute y se impone a los demás desde la Sala Verde del director
general, entre unos pocos países auto-elegidos. Tal como en esa
institución, se sumaron a este juego los gobiernos de países
emergentes como Brasil, India y China. Igual
que en la OMC, algunos gobiernos de países pobres (en este
caso Etiopía y Bangladesh) fueron comprados para
aparentar representatividad.
Pero esta vez hubo
una fuerte respuesta desde el plenario. Delegados de países como
Bolivia, Venezuela, Sudán y otros, se negaron a
representar el papel de idiotas útiles que les tenían asignados y no
permitieron que esa dinámica de intrigas secretas entre países
significativos y la desastrosa propuesta de acuerdo que salió de
ella, fuera impuesta a todos los demás. La reacción no se hizo
esperar. Varios oficiales europeos y estadounidenses, con el eco de
diversos medios de prensa oficialistas, acusaron a esos países del
fracaso de la reunión, como si ellos fueran los que se negaron a un
acuerdo para enfrentar el cambio climático.
Es útil recordar
que más allá de declaraciones a la prensa, según cálculos del propio
secretariado de la Convención, el conjunto de todas las reducciones
de emisiones propuestas por los países industrializados durante las
negociaciones, equivale a un aumento de la temperatura global de más
de tres grados para el año 2050, lo cual en la práctica significa
planear fríamente la hecatombe humana, alimentaria y ambiental de
varios países isleños, africanos y otros, como Bolivia, que
perderían sus glaciares y la vital fuente de agua que ellos
significan. Por tanto, nunca hubo de parte de los causantes
del cambio climático una propuesta que no fuera un fracaso. Lo bueno
fue que no lograron presentar su fracaso como victoria.
La movilización
social fue fundamental para ello. Otra reacción inmediata a estos
juegos de espejos que no asumen la tragedia real del cambio
climático fue la convocatoria que lanzó Bolivia a realizar
una Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y
los Derechos de la Madre Tierra en abril de este año, para debatir
las verdaderas causas del cambio climático y las propuestas para
enfrentarlo desde la base de las sociedades.