Nuestro norte es
el pasadizo predilecto de los narcotraficantes para la pasta base,
la “borra” de la cocaína, que contiene, entre otros tóxicos,
bencina, parafina y ácido sulfúrico.
Es una bomba
directa al cerebro que embrutece a los jóvenes y niños de apenas 11
ó 12 años. Una muerte lenta, que deja secuelas neurológicas de por
vida. Enormemente adictiva por la breve excitación y sensación de
bienestar que provoca, se empina como la tercera droga ilícita más
consumida.
En corto tiempo
ha alcanzado el récord de grados y porcentajes más altos de consumo,
y se extiende por poblaciones marginales y sectores juveniles.
“Quitadas de droga” y “ajustes de cuentas entre bandas rivales”
aumentan, al igual que la venta, el consumo y el submundo asociado
al embrutecimiento de poblaciones que otrora fueron bastiones de la
lucha contra la dictadura. Pero ¿cómo llegó la pasta base a nuestro
país?
“A mediados de los 70, en la frontera de la Región
de Tarapacá, se sabía de la existencia de cocaína, pero no había
un consumo importante ni control, por el contrario. Chile era un pasadizo para la cocaína que iba camino a Europa y
Estados Unidos. A
mediados de los 80, el consumo y el tráfico se masificaron. La
pasta base llegó a Arica e Iquique antes de 1985. A fines de los
80 se instaló, y a principios de los 90 se extendió por el país”,
dice el suboficial (r) de carabineros José Castillo Carriel, ex jefe de
retén en Huara, Ascotán y Ujina, durante la dictadura. Pareciera no ser
coincidencia que durante los años en que la cocaína y la pasta base ingresaban a Chile desde Bolivia y Perú, en esos países
también imperaban sangrientas dictaduras, que propiciaron y
protegieron el narcotráfico. Poblaciones como Jorge Inostroza,
Isluga, Las Dunas y Laguna Verde, en Iquique; y El Boro, La Pampa
y La Negra, en Alto Hospicio, han vivido durante décadas bajo el submundo de las bandas de narcos. Edith Arancibia, dirigenta de la
toma Laguna Verde, en la periferia de Iquique -donde malviven en
los faldeos del cerro más de 600 familias hace 14 años-, dice que
“los narcos no respetan a nadie. Manejan mucho dinero; ‘compran’ y
‘mojan’ a policías y autoridades a todo nivel… Sólo detienen a microtraficantes, algunos salen a la semana o meses y ahí están
otra vez vendiendo y consumiendo, pero a los que lucran a manos
llenas con esto no les pasa nada”. Los carteles forman verdaderos
ejércitos y redes con policías, jueces y “respetables”
empresarios, políticos y autoridades. “Los grandes traficantes no
están en las cárceles”, dice la alcaldesa de la comuna de Pedro
Aguirre Cerda (PAC), Claudina Núñez, nacida en La
Victoria, población azotada por la droga. “Es un problema social que ha estigmatizado a La Victoria desde fines de la dictadura
cuando llegó la pasta y la coca”. En La Legua, la población Yungay, la Villa O´Higgins,
la población El Castillo, La Pincoya y otras poblaciones de
Santiago, pasa exactamente lo mismo. Los recursos para "combatir" el
narcotráfico son insuficientes, y el tráfico aumenta amparado en
el modelo económico que permite que se erijan prósperos empresarios ligados a la droga.
La pasta se
ha convertido en la excusa ideal para institucionalizar la represión
policial en poblaciones y sectores juveniles otrora combativos
bastiones de la lucha contra la dictadura. Según el gobierno más de
un 70% de quienes cometen delitos lo hacen bajo la influencia de alguna droga; el 87%, después “de haberse pegado un pipazo de
pasta”. Droga y aumento de la violencia son analizados con lujo de
detalles por la Fundación Paz Ciudadana, la joyita del dueño de El
Mercurio, Agustín Edwards. Un estudio de la UC consigna que sólo un
23,5% de los dependientes de la pasta ha recibido tratamiento. No
hay centros especializados para la rehabilitación de niños adictos.
La “angustia” hoy se vende a $ 500 pesos o menos. Los microtraficantes la
mezclan con yeso de murallas, comida para perros, bicarbonato o
cualquier cosa. La ceniza de cigarro o de la misma pasta sirve de
“cama” para otra dosis. Para el siquiatra Alberto Minoletti, la
pasta base destruye el cerebro de forma progresiva: “Las neuronas no se
recuperan. Se pierden habilidades como las de relacionarse, trabajar
o estudiar”, dice.
En 1996, un estudio de la ONU reveló que Chile “lavaba” 1.000
millones de dólares anuales. Dos años después, la Comisión Andina de
Juristas (CAJ), afirmó que nos ubicábamos después de Colombia “en el
lavado” con más de 2.000 millones de dólares anuales. Más del 80% de
los narcodólares terminaban en bancos de Estados Unidos. Hoy ya nadie se
atreve a dar cifras. Tampoco se sabe mucho sobre la exportación de
ácido sulfúrico, que se usa como precursor en la elaboración de
cocaína. Seguimos siendo un atractivo mercado, puerto y punto de embarque. Más del 70 por ciento de la cocaína y la pasta ingresan
por los pasos fronterizos y puertos de las regiones de Arica y Parinacota y de Tarapacá. Según el OS-7 de Iquique las principales
redes de narcos “son familiares y están vinculadas, de una u otra
forma, con organizaciones extranjeras”. “No hay carteles, al modo de
Colombia o México y el microtráfico es el último eslabón en la red
de distribución de las bandas”. Casi un 80% de los reos en Arica e
Iquique pagan culpas por "tráfico" aunque empresarios, proveedores y
financistas rara vez llegan a la cárcel. Los grandes "capos" no caen,
salvo escasas excepciones, como el dueño de Aerocontinente, Fernando
Zevallos, que operó en Chile por años, condenado en Perú junto a la banda Los Norteños por recibir un millón y medio de dólares para
enviar droga en vuelos de la aerolínea a México, Estados Unidos y Europa. O el
caso del empresario naviero Manuel Losada, cuyo naviero Harbour
fue descubierto por guardacostas de Estados Unidos cargando cinco toneladas de
cocaína del Cartel de Cali. No fueron aciertos de la policía
chilena. Un aspecto poco conocido es que magnos narcos chilensis
poseen conexiones con ex agentes, funcionarios y parentelas de la
dictadura.
En la investigación de los asesinatos de los agentes de la DINA
Gerardo Hüber y Eugenio Berríos quedaron en evidencia algunas redes. Hüber trabajó con Michael Townley en la fabricación de armas
químicas. Le destinaron al Complejo Químico del Ejército, en Talagante, donde incluso las ofició de gobernador. En 1991, en la
Dirección Logística del Ejército, estaba a cargo de la compra y
venta de armas al exterior. El dictador Augusto Pinochet estaba al mando de este tráfico
por el que recibía "comisiones" a través de compañías offshore y de
fachada. Cuando se descubrió el tráfico ilegal de armas chilenas en
Budapest, Hüber fue asesinado poco tiempo antes de que atestiguara.
El bioquímico Berríos, asesinado en Uruguay, en 1995, por miembros
de los ejércitos chileno y uruguayo, trabajó con Hüber y Townley.
Berríos, implicado en el caso Letelier, producía la mítica cocaína
negra, además del gas sarín. Hoy se investiga su participación en la
muerte del ex presidente Frei Montalva. Berríos fue ayudante de
Townley en el cuartel de la Agrupación Quetropillán, dependiente de
la Brigada Mulchén de la DINA. Vivió en la casa de Townley, en Lo
Curro, donde mantenían un laboratorio. A fines de los 70, Berríos se
integró al Complejo Químico Industrial del Ejército. Cuando comenzó
el negocio de la cocaína y la pasta base en Chile, la elite del
narcotráfico se codeaba con la alta sociedad de Viña del Mar, donde
"la figura" era el empresario Losada. Se sabe que el narco Carlos
Zuluaga -representante del cartel de Cali y después del de Medellín
en Chile- tenía de “contacto” a un coronel de inteligencia militar.
Traían cocaína del exterior para reelaborarla en Viña
del Mar donde la
transformaban en cocaína líquida para enviarla a Estados Unidos en botellas de
vino. También en Viña vivió el narco peruano Máximo Bocanegra, ex
agente de inteligencia militar y amigo de Vladimiro Montecinos. Todos eran íntimos de Berríos y de ex agentes de la DINA y la CNI.
Con total impunidad cargamentos de droga eran despachados desde la
Fábrica de Material de Guerra del Ejército (FAMAE) y llevados en
vehículos militares al Aeropuerto Pudahuel. Su destino era principalmente Europa y puntos intermedios, a menudo el Aeropuerto
de Port au Prince (Haití) o Islas Canarias. Hoy se sabe que Pinochet
mantenía cuentas secretas en el Banco Riggs y otros proveídas con
recursos de la Casa Militar, pero aún no está claro el origen de los
más de 20 millones de dólares.
Varias investigaciones periodísticas
dejan entrever que el tráfico de drogas y el de armas podrían ser la
explicación de la suculenta fortuna. Pinochet. The Politics of
Torture (1999) de Hugh O'Shaughnessy, Traficantes & Lavadores (1996)
de Manuel Salazar, y La Delgada Línea Blanca. Narcoterrorismo en
Chile y Argentina (2000) de Rodrigo De Castro y Juan Gasparini, revelan conexiones entre la dictadura, la familia Pinochet y el
tráfico de drogas. En Asesinato en Washington (1980) los periodistas Dinges y Landau informan que Manuel Contreras, director de la DINA,
“dio protección a narcotraficantes recibiendo por ellos pagos que
fueron a la DINA y al lobby cubano anticastrista”, lo que demuestra
que las “conexiones y negocios” involucraron al alto mando de la
dictadura, las Fuerzas Armadas y los servicios de seguridad. Una forma de “financiar” las operaciones exteriores de la DINA y posteriormente
de la CNI habría sido el comercio clandestino de drogas y el tráfico
de armas.
Negocios entre Marco Antonio Pinochet y el narco Yamal
Edgardo Bathich fueron investigados, y son parte del libro de De
Castro y Gasparini. Pinochet Jr. y Bathich eran accionistas de Chile Motores. Posteriormente el narco colombiano Jesús Ochoa se hizo
socio de la compañía, que cambió a Focus Chile Motores. Bathich
mantenía negocios con su primo, Monzer Al Kassar, traficante de
armas sirio, condenado en Londres por tráfico de drogas. Existe un
convincente panorama de vinculaciones no santas entre la dictadura y
la droga. Frankell Baramdyka, infante de marina de Estados Unidos, que traficó
droga y dinero en el Caribe bajo órdenes de oficiales norteamericanos en beneficio de los “contras” estaba casado con una
chilena, accionista de la pesquera Redes del Pacífico. Baramdyka
llegó a ser gerente general de esta empresa pantalla que “exportaba”
droga. Baramdyka aseguró que sus “contactos” colombianos se
abastecían de materias primas para la elaboración de cocaína en el
Complejo Químico Industrial del Ejército. Dijo también que la CNI
organizó en Europa una red de venta de cocaína y que en 1987 organizaron vuelos con embarques de cocaína disimuladas en envíos de
bombas de racimo.
Se dice que Berríos mezcló cocaína con sulfato
ferroso y otras sales minerales para quitarle el olor y hacer más
fácil su exportación. Berríos y otros ex agentes e incluso altos
oficiales del régimen militar habrían formado una red de tráfico que
abastecía a Australia y Europa, principalmente. “Berríos se reunió
en Argentina y Montevideo con sus socios narcos mientras estaba bajo
custodia de la inteligencia militar chilena y uruguaya. Era una
organización secreta criminal conformada por miembros activos y en
retiro de los aparatos del Ejército que, además de cómplices de
encubrimiento, se dedicaron al lucro ilícito a través del tráfico de
armas, estafas, fraudes, evasión tributaria e incluso, al comercio
de estupefacientes y de sustancias químicas prohibidas”, dice el
periodista Manuel Salazar. Detectives que investigaron la
desaparición de Berríos en Uruguay recibieron antecedentes que les
permitieron detener en septiembre de 1993, en una lujosa mansión de
Lo Curro, al narco peruano Jorge Saer, que se encontraba ilegalmente
en Chile. Era buscado por Interpol en Inglaterra, Australia, Italia,
España y Alemania -donde lo sindicaban como uno de los principales
involucrados en la internación de 2.854 kilos de cocaína a Berlín-.
“Un día antes que la Suprema aprobara su detención preventiva para
ser deportado, Saer obtuvo la libertad bajo fianza y salió de la ex
Penitenciaría, donde estaba recluido, para huir al extranjero”, dice
Salazar. Saer era socio de otro narco, Juan Cornejo Hualpa, ambos
tenían empresa de importaciones y exportaciones como fachada. La
captura inicial de Saer provocó la huida de Cornejo, que abandonó
bienes avaluados en dos millones de dólares, incluyendo también una
mansión en Lo Curro.
“Se presume que Berríos consiguió procesar un tipo de cocaína sin
olor, o bien encontró un nuevo método para refinarla con alta
pureza. Se cree que el bioquímico consiguió cambiar el proceso de
maceración de la pasta base. Resultan de especial interés los
últimos contactos que hizo Berríos en Chile antes de desaparecer: se
comunicó con agentes de la DEA y con un detective antinarcóticos del
norte de nuestro país. El bioquímico ofreció información a cambio de
protección. Pero, ¿cuáles fueron los motivos de Berríos para
comunicarse con la DEA? ¿Se sentía abandonado por los ex agentes de
seguridad del régimen militar y quiso buscar un nuevo alero
protector? ¿Estaban coludidos los narcotraficantes con oficiales de
la inteligencia militar?”, se pregunta Salazar.
No es coincidencia que durante los años en que la cocaína y la pasta
base se instalaron en Chile, Perú y Bolivia vivían sangrientas y
mafiosas dictaduras que colaboraron con el Plan Cóndor, y admiraban
los métodos de Pinochet y la DINA, y que, además, respaldaron y apadrinaron el narcotráfico como método para financiar sus
operaciones genocidas.
El mítico Klaus Barbie -el carnicero de
Lyón-, fue agente de las SS y la Gestapo durante el régimen Nazi. A
pesar de ser un criminal de guerra fue protegido y trabajó para las
agencias de inteligencia de Inglaterra y Estados Unidos, que no lo entregaron
para ser juzgado en Nüremberg. Barbie huyó a Argentina y después a
Bolivia gracias a la ayuda de la Iglesia Católica. En La Paz -¡Oh
coincidencia!- se dedicó al narcotráfico. Fue el protegido de los dictadores Hugo Banzer y Meza García, quienes respaldaron el
narcotráfico. Barbie usaba el nombre de Klaus Altmann e incluso
trabajó como torturador en Perú y Bolivia. Eran los años setenta y
ochenta, del Plan Cóndor, la transnacional del terror… y del
tráfico.
(*)
Fuente: El Clarín www.elclarin.cl
. Dibujo de GOVAR (Punto Final)