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Carta abierta al ex general Roberto Arancibia Clavel:
¿Hasta cuándo va a seguir mintiendo
señor Arancibia?
Cabo 2º Reserva.
Ejército de Chile. 1973-1975.
He leído con atención el análisis que Usted hace respecto al tema
"Ejército y Derechos Humanos". Respondo a sus afirmaciones que
carecen de fundamento como un soldado conscripto de la época que vivió en
carne propia los dos primeros años de la dictadura militar que Usted apoyó
y sustentó.
1º.
"Estábamos lejos de ser un ejército indiferente al sufrimiento".
Sin duda, no fueron
en lo absoluto indiferentes. Es más, el Ejército fue una maquinaria
ordenada jerárquicamente para torturar y asesinar. En forma permanente
intentaron concientizarnos, día a día, con películas, mostrándonos
materiales supuestamente 'requisados', con bombas, con 'poderosas escopetas'
quitadas a campesinos, con 'Libros Blancos', con 'listas de oficiales y clases
que supuestamente serían asesinados por los rojos', con chocolates, con
cigarrillos y abundante comida... A contar del Golpe Militar no fueron en lo
absoluto 'indiferentes' para mentir y engañar a la población, para hacerles
creer a los clases y suboficiales que todos estábamos en las supuestas
listas que Ustedes hicieron correr. Lo peor fue que ellos creyeron y
producto de su
ignorancia política calleron en la maraña de la tortura y las detenciones
masivas. El Ejército no fue indiferente, yo diría que fueron manipuladores....
Yo estuve ahí... 2º. "Jamás
recibimos órdenes que estimularan la violencia excesiva o la tortura".
Sí, tiene razón, Ustedes no recibían órdenes, sino que nos las daban
a nosotros. Nos obligaban a maltratar a civiles indefensos porque sabían
que así se lavaban sus ensangrentadas manos como Pilatos. Muchos de
nosotros luchando por encima de nuestros valores y principios nos vimos
obligados a hacerlo. Recuerdo como si fuera ayer una 'lista de preguntas
para el interrogatorio' que me fueron entregadas. Entre otras preguntas
absurdas:
'¿Dónde están las armas?', ¿dónde está el campamento guerrillero?', ¿cuántos extremistas son?', etcétera. Una larga lista de preguntas
y sandeces que debía responder un dirigente del Bienestar Social de una
Cooperativa. Yo lo debí interrogar, no Usted, señor Arancibia Clavel.
Ustedes eran unos cobardes que nos miraban detrás de las cortinas, como
poniéndonos a prueba de si éramos capaces de 'cumplir su misión'. Hoy les
digo en sus caras que muchos conscriptos nos negamos a torturar, que muchos
de los gritos de dolor que escuchasteis y el llanto de los prisioneros eran
falsos. Actuaban junto con nosotros, los soldados verdaderamente honestos.
Claro está que fuimos la excepción, señor general. Usted tuvo muy buenos
alumnos, estúpidos y cobardes. Expertos en golpear y martirizar gente atada
y vendada, sólo por gusto y sentirse poderosos. Esos fueron sus alumnos que
se educaron como Usted dice 'en el respeto a la persona', torturando
prisioneros.
3º. "Los primeros meses fueron complejos y sufrimos el estrés
propio de una situación de guerra. Nuestros soldados actuaron bajo nuestras
órdenes, con los principios y valores que se nos habían enseñado.
Estábamos convencidos de que salvábamos la patria y de que hacíamos lo
correcto".
Es un completo absurdo lo que Usted dice. ¿Guerra?, ¿qué guerra? ¿Sabe Usted que de los cientos de detenidos que pasaron por
el cuartel jamás encontramos un arma? Me refiero a 'armas de guerra', no
escopetas oxidadas, o pistolitas y rifles de 22 mm. ¿Ustedes se estresaron?
Si nosotros éramos obligados a cuidar de vuestras familias día y noche, con frío
o calor, mientras Ustedes descansaban. Sus estúpidos soldaditos velaban sus
sueños, y Ustedes 'estresados'. ¿Y nosotros qué?... cuando llegaba el suboficial
a elegir los soldados desde las filas para ir a torturar... ¿ Y nosotros qué?...
Dice Usted que 'nos enseñaron principios y valores'. Falso. Jamás. Sólo nos eseñaron a
obedecer, entender la disciplina y la Justicia Militar por si cometiésemos un
'error' como 'desertar' o 'escapar'. Sepa Usted, señor general, que si hubiera
habido una 'fuerza beligerante', muchos habríamos marchado al lado de las
fuerzas leales al gobierno constitucional de Salvador Allende. No olvide
Usted que los soldados son y pertenecen a las filas del pueblo. 'Hacíamos
lo correcto'. Es correcto torturar, asesinar y esconder los cuerpos hasta el
día de hoy. Es correcto eso. Usted dice que fueron excesos producto del
estrés de la guerra. Eso es hipocresía. Acaso Usted no supo que su propio
hermano, señor general, Enrique Arancibia Clavel participó de la
conspiración para asesinar al ex comandante en Jefe del Ejército general
Carlos Prats. ¿Usted no supo?, ¿eso era lo correcto?, ¿fue acaso producto
del estrés que se ordenó su asesinato?
4º. "Imagino cómo habría sido el resultado de nuestra acción si no hubiéramos
tenido la cultura de DDHH que se nos inculcó".
Usted da la triste impresión que quiere quedar bien con sus nietos. Usted
es un cobarde incapaz de reconocer nada como todos los tiranos. Sepa que los
que hicieron de alguna forma más humana o más digna la prisión y la
tortura fueron los propios prisioneros y muchos de nosotros, los soldados
del pueblo, los 'pelados culiados' como Ustedes nos trataban. Nuestra
posición ante el absurdo y el horror de la dictadura se basaba en nuestra
formación valórica, formación dada por nuestros padres y familias, no por
el Ejército. No necesitamos cursos de 'cultura de Derechos Humanos' para
arriegarnos a ser sorprendidos ayudando a muchos de los detenidos. ¿Sabía
Usted, señor general, que evitamos muchas violaciones a mujeres detenidas a
punta de fusil y bala pasada? ¿Sabía Usted, señor general, que
enfrentamos a clases y soldados que se prestaban para hacer vuestras
fechorías? En nuestra cruzada de 'apoyo solidario' para los detenidos
actuamos muchos soldados que arriegamos nuestras vidas. Los que robaban los
porotos, los que guardaban un trozo de pan, un cigarrillo, un poco de agua,
periódicos o cartas, etcétera. Sepa Usted, señor Arancibia Clavel, que
sus 'cascos de guerra' cumplieron una 'misión' clandestina: transportar
porotos durante la noche para los detenidos... No necesitábamos su 'cultura
de los Derechos Humanos' para detener y escarmentar a nuestros propios
camaradas de armas transformados en torturadores. Muchos nos amenazaban con
denunciarnos, ese era su mejor argumento... En más de alguna ocasión
debimos mantenernos con nuestros fusiles con bala pasada y selector de tiro
automático porque éramos catalogados como 'iguales a los rojos', solo por
intentar darle un trato digno a los prisioneros y evitar vuestras torturas.
Claro que nosotros, señor general, no estábamos vendados ni atados... Pude
darme cuenta, durante los dos años que estuve en el Ejército, que muchos
oficiales y clases fueron unos cobardes, sobre todo los torturadores. Los
conscriptos éramos jóvenes de 18 años y nos utilizaron, atropellaron
nuestros derechos y nos denigraron... Señor Arancibia, me ha costado mucho
escribir esto, pero no puedo seguir callado. ¿Hasta cuándo va a seguir
mintiendo señor Arancibia? ¿Hasta cuando va a seguir callando la verdad de
lo ocurrido durante la dictadura? Sepa Usted que una vez dados de baja
fuimos distinguidos con diplomas y despedidas: 'Gran soldado de la Patria...
en los heroicos hechos del 11 de Septiembre'... Aun hoy veo a mi sargento
Sánchez despidiéndonos con un abrazo fuerte, cariñoso y lágrimas rodando
por sus mejillas, sin vergüenza, mirándonos a los ojos, diciéndonos:
'Cuídense, cuídense... no se metan en tonteras, no hagan huevadas...'. El
no tuvo la 'cultura de Derechos Humanos' que Usted dice que recibió, porque
él si era un padre, un hombre y un patriota... Después de eso, muchos
marchamos a ocupar nuestro lugar en la lucha de resistencia a la dictadura.
Hoy tengo 50 años y aun me duele el alma....
(Esta carta fue enviada durante diciembre y enero a varios medios de
comunicación oficiales y alternativos sin que aun sea publicada...)
(Domingo 12 de diciembre de 2004. La Tercera)
Ejército y Derechos
Humanos
Roberto Arancibia Clavel
General (r) del Ejército y ex jefe del Estado Mayor El
periodista Ascanio Cavallo manifiesta en una columna publicada en La Tercera
el domingo 6 que la explicación de la violencia excesiva que se produce en
los primeros meses de la crisis de 1973 debe buscarse en la nula cultura de
respeto a los derechos humanos en que fueron educadas las FFAA hasta la
década de los 80. No concuerdo con la explicación que insinúa y, sin
pretender representar a las FFAA o al Ejército, en el cual serví, quiero
entregar estas reflexiones.
En 1963 ingresamos a la Escuela Militar un grupo de jóvenes. Los requisitos
eran exigentes e incluían la presentación de un gran número de
certificados (honorabilidad; conducta del colegio de procedencia y
personalidad; antecedentes de salud, entre otros). Luego, una entrevista
personal en la que una comisión de oficiales y profesores verificaba las
capacidades de relación humana. El Ejército era muy celoso en los
exámenes.
Durante los años de escuela, no existía la cátedra de derechos humanos.
Pero hasta hoy nos acordamos de nuestras clases de historia universal y
militar en las que los derechos del hombre sí que eran recordados, así
como la importacia de la Convención de Ginebra en el trato a los
prisioneros de guerra. Se agregaban las asignaturas de educación
cívica, historia de la cultura y ética, que nos enseñaban nuestro rol
de ciudadanos, sus deberes y derechos con énfasis en el respeto a la
persona humana.
Junto a esta completa formación, los instructores nos recordaban que un
comandante es tal sólo si ese título es ratificado en la mente y en el
corazón de los subalternos. Qué expresión más evidente del respeto a
la persona humana que el que nos era inculcado en relación a nuestros
subalternos. Otro aspecto que se repetía era que ser militar era una
vocación, un llamado interior, y que significaba servir.
Nuestro título lo firmó el Presidente Frei en 1967. Educamos a muchas
generaciones de soldados, fuimos asistentes sociales, sicólogos,
profesores, instructores y comandantes. El reconocimiento de nuestros
hombres y de las sociedades locales a las cuales servíamos en las
emergencias y en actos patrióticos era nuestro premio. Lo militar se
basaba en el reglamento de disciplina, que establece las mejores enseñanzas
en cuanto al respeto a los DDHH y que sigue vigente.
Al término del gobierno de la UP, los militares debíamos estar en la calle
sacando barricadas, en los hospitales o asegurado la locomoción colectiva.
Se hablaba de extremistas extranjeros, de internación de armas, de abusos e
ilegalidad en los actos de gobierno. Nosotros, presionados por el público
que quería que asumiéramos el control de la situación.
Sentíamos que estábamos en guerra contra los que querían transformar
Chile en algo distinto de lo que había sido su tradición. Sabíamos
que estaban armados y entrenados. Entendíamos que eran ellos o nosotros,
que nuestras vidas y forma de vivir estaban en peligro. Jamás recibimos
órdenes que estimularan la violencia excesiva o la tortura. Los primeros
meses fueron complejos y sufrimos el estrés propio de una situación de
guerra. Nuestros soldados actuaron bajo nuestras órdenes, con los
principios y valores que se nos habían enseñado. Estábamos convencidos de
que salvábamos la patria y de que hacíamos lo correcto.
Los tenientes que participamos en esa época sabíamos lo que significa la
vida humana, teníamos conciencia de los derechos de las personas,
estábamos convencidos de que luchábamos para que se respetaran. Los
equilibrios mentales se ponen a prueba bajo presiones extremas, las
reacciones pueden ser exageradamente violentas y el clima de guerra ayuda a
exacerbarlas. No se trata de justificar los excesos que pudieron haberse
cometido. Estoy convencido de que estábamos lejos de ser un ejército
indiferente al sufrimiento. Imagino cómo habría sido el resultado de
nuestra acción si no hubiéramos tenido la cultura de DDHH que se nos
inculcó.
No se pretende afirmar que todo lo que se hizo fue bueno y que no hay nada
que aprender. Por el contrario, fuimos parte de la sociedad chilena de
esa época y no éramos otra cosa que el reflejo de ella. Estuvimos allí
porque no supimos ordenarnos para vivir civilizadamente. Ojalá hayamos
aprendido la lección.
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