Carta: Para no olvidarte...
Yuri Gahona
Amig@s, compañer@s, herman@s, querida
familia:
Para
empezar tengo que recordar, tengo que retroceder en el tiempo ineludible
treinta años atrás. Tengo que volver al día en que la vida cambió para mi
y mi familia, tengo que cerrar los ojos y a pesar del espanto, escribir.
¿Por qué hacerlo? Sencillo, porque si no lo hago se pierde la memoria, se
pierden los detalles de esta historia que comenzó aun antes de que sujetos
de los que no sé sus nombres ni sus apellidos, escudados en la violencia
abusiva que les permitió la dictadura, secuestraran a mi padre -a mi papá
Alonso- en la calle que solía recorrer de vuelta a la casa donde mi
hermana y yo lo esperábamos cada tarde, desde que nuestra familia éramos
solo los tres, nosotros tres, la Eve, tú y yo tu hijo.
¿Cómo contarles como cambió todo?
Me pregunto esto porque sé que en mi familia y a los amigos más cercanos,
y a mis hermanos, esos hermanos que como yo chicos o apenas adolescentes,
nos quedamos sin padre o sin madre, nos basta pronunciar la palabra
desaparecido o asesinado o torturado, para entender la enorme magnitud que
esa palabra encierra. Pero cómo les transmito a mis otros amigos, esos
amigos que no pasaron por esto, esas personas que a pesar de las
diferencias empiezo a
querer por distintas circunstancias, esas personas que no tienen el
registro de esta memoria dolorosa, ¿Cómo les explico cómo es que cambió
todo?
Cómo les explico que mi hermana y yo encumbrados en un árbol, mirábamos un
lugar que conocimos como 4 álamos, mirábamos adentro, enfocábamos los
ojos, empequeñeciéndolos, para ver si ahí dentro, ahí ese señor que se
movía a lo lejos podía ser el papá, mi papá Alonso... cómo les cuento que
solos luego de que mi papá no llegara más a la casa sin saber las razones,
nosotros dos la Eve y yo buscamos la ternura y el cobijo del papá que
nunca más
volvió... cómo les explico, sin que lo hayan vivido y quizá hasta que
hayan preferido cerrar los ojos, los oídos, las puertas de sus casas a lo
que estaba ocurriendo, a alguien que hoy se ha transformado en alguien
cercano, incluso, en alguien querido.
Hoy
después de treinta años no sé como contarles lo que se siente cuando en
plena adolescencia uno se entera de la forma en que mi papá Alonso fue
torturado... amarrado de los pies con cadenas... electrocutado hasta el
cansancio... cómo les cuento la sed que tenía antes de morir colgado en
una ducha, en una casa, en un lugar de Santiago que podría estar en
cualquier sitio donde la música sonaba fuerte para que los gritos de
auxilio o el silencio de la resistencia no fuera oído... después de
treinta años quizá me atrevo a contar, solo a contar sin esperar que nadie
entienda, sin esperar que nadie transforme su vida, sin esperar el
asombro, sólo por contar para que si llega el día, nadie permita que esto
ocurra nuevamente.
Les escribo también con alegría, porque en estos treinta años he vivido el
privilegio de conocer personas extraordinarias, orgullosas, sensibles,
combativas, idealistas, soñadoras y perseverantes, toda una herencia
heroica. Muchas mujeres han sido en estos años pilares para mantener viva
la esperanza, el tesón y la consecuencia.
He vivido la experiencia de sueños y esperanzas necesarias para resistir
no sólo en dictadura, sino también en democracia, la ominosa
invisibilización de los culpables, de aquellos que sedientos e iracundos
de poder secuestraron, maniataron, torturaron, humillaron, vejaron,
asesinaron y ocultaron su cuerpo, sus manos toscas y endurecidas, pero
hábiles y dóciles
para el cariño, sus hermosos ojos transparentes llenos de vida, de libros
consumidos en su mirada, su aguerrido caparazón acostumbrado a la lucha
por la vida que sirvió de cobijo materno y paterno para sus hijos, su boca
llena aun de besos, su generosidad completa.
Ha pasado tanto tiempo y ni yo, ni ustedes, ni nadie sabe aun quienes
fueron los culpables, los asesinos, el que dio la orden, el que la
ejecutó, el que no tuvo compasión, el que sobre su cuerpo mal herido busco
un espacio para una nueva llaga, el que le dijo gritando que si no hablaba
vendrían sus hijos, los más amados entre todos los hijos de la tierra.
Nunca les he visto la cara, sólo sé de su podredumbre, de su pequeñez, de
su cotidiana inmundicia, de sus manos sucias queriendo hacer cariño, de la
vergüenza diaria de saber quien es, del silencio obligado, de sus
pesadillas, de su terror a mirar a los ojos a sus hijos, de la
vergüenza de su nombre.
Muchos han impedido que sus nombres se sepan, hoy después de treinta años
a pesar de nuestro empeño, de nuestra fortaleza, de nuestro día a día, de
nuestra lucha, de nosotros sus hijos, de mis hermanos que estamos haciendo
este país con nuestros sueños, sólo han conseguido que ese silencio
obligado, permitido, acomodado, legislado, amparado haya hecho posible que
no olvidemos, no perdonemos ni nos reconciliemos.
Si
se preguntan porqué les diría, miren a sus hijos a los ojos o a sus padres
o a sus parejas o a quienes amen y pregúntense qué les pasaría a ellos si
un día cualquiera, un día cotidiano, un día de sol, un día en que la
primavera se acerca, un día en que al salir dijeron chau anhelando el
regreso... nunca más volvieron porque fueron secuestrados, escondidos,
torturados, envilecidos, asesinados y desaparecidos... sus hijos, sus
parejas, sus compañeros, sus amigos, sus vecinos, sus amantes, sus padres,
sus hermanos, su familia, sus colegas, sus compañeros de estudio... sus
mascotas... su pieza... su libro a medio leer... su taza preferida... su
lugar en la mesa... sus esperanzas, sus sueños... se perdieron por un acto
voluntario de alguien que les quiso arrebatar todo eso... qué sentirían
esos quienes te extrañarán en cada espacio que dejaste vacío.
Para nosotros ha habido verdad a medias, para nosotros no ha habido
justicia, para nosotros no ha habido reparación, para nosotros el perdón
es una imposición, para nosotros la vida cambió para siempre y esa vida
nos hace ser quienes somos hoy día. Sólo pido verdad, justicia y castigo a
los culpables, creo que todo el mundo pediría.
Sin embargo hoy a treinta años de tu ausencia papá, no hay nada que pueda
repararme, no hay nada que vuelva atrás esta experiencia, sin embargo,
pido castigo porque es el legítimo derecho que tengo porque no aceptaré
jamás esta suerte a la que me condenan, yo quiero saber sus nombres,
conocer sus caras, mirarlos de frente porque a mi no me asusta, no me
aterroriza, a
mi me llena de orgullo mirarlos a la cara y no desearles la muerte ni la
desaparición, a mi me enorgullece levantar la mirada y mostrarles que a
pesar de su reino de muerte no lo lograron, no consiguieron hacernos a
nosotros como ellos y lo que es mejor para nosotros, mataron tu cuerpo
pero mira como sigues vivo. Mira como renaces en esta memoria, mira como
te sigues empeñando en cambiar el mundo, mira como crecemos sin asomo de
odio pero intransables con la justicia.
Amig@s... Escribo esto para decirles que treinta años no son nada... que
el recuerdo de mi padre sigue vivo... que nuestro Alonso está aquí, pegado
a nosotros, a nuestras vidas, a nuestros logros, a nuestros afanes... y
con nosotros, su familia ustedes están cerca de esta historia que pocas
veces es contada, pero necesaria, imprescindible para que sepan que no
escondemos nada, que hoy día nosotros los acusados hemos vencido.
Con cariño...
Yuri Gahona.
ALONSO FERNANDO GAHONA CHAVEZ fue detenido el día 8 de marzo de 1975,
cuando
regresaba a casa después del trabajo. Hasta ahora no hay condenados ni se
conoce su paradero.
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