Chile - Diciembre 2011

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Entrevista a Hugo Marchant

Lo desterraron 19 años de Chile y en 48 horas lo volvieron a expulsar dos veces

por Martina Noailles

Ex integrante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, espera en Buenos Aires que se resuelva un recurso de amparo para reencontrarse con su familia y su hija enferma. Mientras tanto, no se resigna y confía que la tercera puede ser la vencida. 

Rompimos el cerco”, dice con una enorme sonrisa apenas aparece detrás del Obelisco porteño. Hugo Marchant no pisa Chile desde hace 19 años, cuando fue condenado a 25 de destierro. En el último mes, intentó ingresar dos veces y dos veces fue expulsado por la Policía. Sin embargo está satisfecho. Después de casi dos décadas, las páginas de los diarios chilenos volvieron a hablar de extrañamiento, esa figura medieval que eligió la democracia para conmutarle la pena a perpetua impuesta por la dictadura de Augusto Pinochet. Sus intentos también movieron la estantería política y obligaron al gobierno de Sebastián Piñera a violar la orden judicial que lo autorizó a permanecer 15 días en su tierra por razones humanitarias. Mientras espera en Buenos Aires que se resuelva un recurso de amparo que probablemente termine en la Corte Suprema, el ex integrante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) asegura que irá por la tercera.
Lo moviliza el convencimiento de que diez años de cárcel y 19 de destierro son condena “suficiente” y la necesidad de que su hija sane los trastornos de salud mental que sufre como consecuencia de una niñez plagada de violencia.

–¿Por qué está contento si no logró entrar a Chile como pretendía?
–Es como el Quijote cuando le dice a Sancho, “si los perros ladran es porque estamos cabalgando”. Eso creo que grafica este momento. Cuando ya estaba arriba del avión, me di cuenta de que estaba muy contento y que me sentía con mucha fuerza. Por primera vez después de haber iniciado el viaje al destierro, me estaba enfrentando nuevamente al Estado para exigir el derecho a vivir, luchar y morir en mi país. Y a la vez, rompimos el cerco informativo, porque la mayoría de la prensa, obviamente cada uno a su manera, ya está hablando de Hugo Marchant y del destierro. La gente ahora sabe algo que para muchísimos era desconocido y nosotros lo estamos instalando en el escenario político.

–¿Qué lectura hace de la decisión de no permitirle entrar a pesar de que existe una orden judicial?
–La Policía Internacional responde las órdenes del presidente a través del Ministerio del Interior. En ese sentido, está ocurriendo lo mismo que con la criminalización del movimiento estudiantil: el gobierno está tratando insistentemente de subordinar al Poder Judicial, frente a lo cual los jueces defienden el Estado de Derecho.

El Poder Ejecutivo no sólo incumplió la orden de la justicia. También desoyó al Parlamento, cuya Comisión de Derechos Humanos se reunió de urgencia y votó por unanimidad solicitarle al Ministerio del Interior que le permita el ingreso a Marchant. La respuesta fue un no rotundo.

–Después de 19 años sin pisar su país, ¿qué sintió en esta oportunidad, que en menos de 48 horas, lo volvieron a expulsar dos veces de Chile?
–Cuando estaba entrando me di cuenta de que la Policía no me estaba esperando, que era uno de mis temores. Presenté mi pasaporte, y luego de ingresar mis datos, el hombre que me atendió se puso blanco y empezó a gritar “¡comisario, comisario!”. Afuera había 200 personas del Comité Fin al Destierro que me estaban esperando, al otro lado de la muralla había un abogado y otro estaba en la Corte de Apelaciones solicitando la respuesta al pedido de permiso especial. Desgraciadamente no pudieron encontrar al juez y quedó concertado un encuentro para el siguiente día. Como no estaba detenido sino retenido, antes de volverme a subir al avión pude recibir las visitas de mis hermanas y de algunos compañeros.

Marchant traga saliva, baja la mirada y queda en silencio.

–¿Hacía cuánto que no veía a sus familiares?
–Diecinueve años. Cuando me fueron a despedir al aeropuerto junto con mi madre el día que me condenaron a irme de Chile.
Al día siguiente a este brevísimo encuentro, Hugo Marchant intentó entrar nuevamente. Esta vez, ya existía la autorización del juez. Sin embargo, la Policía lo volvió a expulsar bajo un extraño argumento de forma. Por eso, sus abogados presentaron un amparo que en los próximos días determinará si la orden judicial queda firme.

–La solicitud de ingreso por razones humanitarias está basada en las consecuencias que todo este largo proceso tuvo sobre su hija Javiera, ¿por qué es importante regresar con ella a Chile?
–Todo lo que sucedió no sólo me afectó a mí, sino que fue un trauma para toda la familia. Cuando en 1983 fuimos capturados, tras el atentado contra (el intendente de Santiago de Chile de la dictadura, Carol) Urzúa, me detuvieron a mí, pero también a mi mujer y a mi hija de siete meses. A mí no me aplicaron corriente eléctrica ni tormentos físicos. La amenaza fue torturar a mi hija que debió aprender a caminar en la cárcel. Unos meses después, salieron. Pero lo más terrible fue cuando mi hija se dio cuenta de que sobre mí pesaba una condena a muerte. Vivió todos los días de su infancia pensando que su vida dependía de esa muerte anunciada. Si sonaba la radio o si su mamá se demoraba, pensaba “seguro que mataron a mi papá”.

–¿El destierro en Finlandia mejoró la situación de su familia?
–Cuando llegamos, Javiera tenía nueve años. Aprendió el idioma enseguida y en el colegio le iba bien, pero con los años empezó a caer en estados depresivos. Se sometió a tratamientos y todos coincidieron que fue decisivo el entorno de violencia en el que creció. A partir de entonces a ella se le figuró en la cabeza que no tenía derecho a ser feliz. Los estados depresivos se sucedieron cada vez más y ella empezó a comer. Comía y comía como una forma de castigarse. Llegaba al hospital con 65 de hemoglobina y hemorragias. Siempre con desesperanza. Iniciamos terapias con la familia y hace tres años se internó en una clínica de la que no podía salir por el tratamiento. Pero allí avanzó mucho. Se recuperó. Bajó como 40 kilos. Pero volvió a caer. La última vez, la fui a ver y le conté del viaje. Para ella fue como volver a vivir.

Hugo llora. Pero sigue.

-Les pidió el alta a los médicos. Tenía una motivación. Estaba feliz. Ella está escribiendo un libro, es un retrato de ella. Javiera dice que este capítulo es el que tiene que cerrar. Para eso necesita ir a Chile, caminar por sus calles con su papá, pero ahora no, en seis años más cuando se termine la condena.

–¿Sueña con volver a vivir en Chile?
–Sí, claro. En Chile tenemos mucho para hacer.

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