Entrevista
a Hugo Marchant
Lo
desterraron 19 años de Chile y en 48 horas lo
volvieron a expulsar dos veces
por Martina Noailles
Ex
integrante del Movimiento de Izquierda
Revolucionaria, espera en Buenos Aires que
se resuelva un recurso de amparo para
reencontrarse con su familia y su hija
enferma. Mientras tanto, no se resigna y
confía que la tercera puede ser la vencida.
Rompimos el
cerco”, dice con una enorme sonrisa apenas
aparece detrás del Obelisco porteño. Hugo
Marchant no pisa Chile desde hace 19 años,
cuando fue condenado a 25 de destierro. En
el último mes, intentó ingresar dos veces y
dos veces fue expulsado por la Policía. Sin
embargo está satisfecho. Después de casi dos
décadas, las páginas de los diarios chilenos
volvieron a hablar de extrañamiento, esa
figura medieval que eligió la democracia
para conmutarle la pena a perpetua impuesta
por la dictadura de Augusto Pinochet. Sus
intentos también movieron la estantería
política y obligaron al gobierno de
Sebastián Piñera a violar la orden judicial
que lo autorizó a permanecer 15 días en su
tierra por razones humanitarias. Mientras
espera en Buenos Aires que se resuelva un
recurso de amparo que probablemente termine
en la Corte Suprema, el ex integrante del
Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR)
asegura que irá por la tercera.
Lo moviliza el convencimiento de que diez
años de cárcel y 19 de destierro son condena
“suficiente” y la necesidad de que su hija
sane los trastornos de salud mental que
sufre como consecuencia de una niñez plagada
de violencia.
–¿Por qué está contento si no logró
entrar a Chile como pretendía?
–Es como el Quijote cuando le dice a Sancho,
“si los perros ladran es porque estamos
cabalgando”. Eso creo que grafica este
momento. Cuando ya estaba arriba del avión,
me di cuenta de que estaba muy contento y
que me sentía con mucha fuerza. Por primera
vez después de haber iniciado el viaje al
destierro, me estaba enfrentando nuevamente
al Estado para exigir el derecho a vivir,
luchar y morir en mi país. Y a la vez,
rompimos el cerco informativo, porque la
mayoría de la prensa, obviamente cada uno a
su manera, ya está hablando de Hugo Marchant
y del destierro. La gente ahora sabe algo
que para muchísimos era desconocido y
nosotros lo estamos instalando en el
escenario político.
–¿Qué
lectura hace de la decisión de no permitirle
entrar a pesar de que existe una orden
judicial?
–La Policía Internacional responde las
órdenes del presidente a través del
Ministerio del Interior. En ese sentido,
está ocurriendo lo mismo que con la
criminalización del movimiento estudiantil:
el gobierno está tratando insistentemente de
subordinar al Poder Judicial, frente a lo
cual los jueces defienden el Estado de
Derecho.
El Poder Ejecutivo no sólo incumplió la
orden de la justicia. También desoyó al
Parlamento, cuya Comisión de Derechos
Humanos se reunió de urgencia y votó por
unanimidad solicitarle al Ministerio del
Interior que le permita el ingreso a
Marchant. La respuesta fue un no rotundo.
–Después de 19 años sin pisar su país,
¿qué sintió en esta oportunidad, que en
menos de 48 horas, lo volvieron a expulsar
dos veces de Chile?
–Cuando estaba entrando me di cuenta de que
la Policía no me estaba esperando, que era
uno de mis temores. Presenté mi pasaporte, y
luego de ingresar mis datos, el hombre que
me atendió se puso blanco y empezó a gritar
“¡comisario, comisario!”. Afuera había 200
personas del Comité Fin al Destierro que me
estaban esperando, al otro lado de la
muralla había un abogado y otro estaba en la
Corte de Apelaciones solicitando la
respuesta al pedido de permiso especial.
Desgraciadamente no pudieron encontrar al
juez y quedó concertado un encuentro para el
siguiente día. Como no estaba detenido sino
retenido, antes de volverme a subir al avión
pude recibir las visitas de mis hermanas y
de algunos compañeros.
Marchant traga saliva, baja la mirada y
queda en silencio.
–¿Hacía cuánto que no veía a sus
familiares?
–Diecinueve años. Cuando me fueron a
despedir al aeropuerto junto con mi madre el
día que me condenaron a irme de Chile.
Al día siguiente a este brevísimo encuentro,
Hugo Marchant intentó entrar nuevamente.
Esta vez, ya existía la autorización del
juez. Sin embargo, la Policía lo volvió a
expulsar bajo un extraño argumento de forma.
Por eso, sus abogados presentaron un amparo
que en los próximos días determinará si la
orden judicial queda firme.
–La solicitud de ingreso por razones
humanitarias está basada en las
consecuencias que todo este largo proceso
tuvo sobre su hija Javiera, ¿por qué es
importante regresar con ella a Chile?
–Todo lo que sucedió no sólo me afectó a mí,
sino que fue un trauma para toda la familia.
Cuando en 1983 fuimos capturados, tras el
atentado contra (el intendente de Santiago
de Chile de la dictadura, Carol) Urzúa, me
detuvieron a mí, pero también a mi mujer y a
mi hija de siete meses. A mí no me aplicaron
corriente eléctrica ni tormentos físicos. La
amenaza fue torturar a mi hija que debió
aprender a caminar en la cárcel. Unos meses
después, salieron. Pero lo más terrible fue
cuando mi hija se dio cuenta de que sobre mí
pesaba una condena a muerte. Vivió todos los
días de su infancia pensando que su vida
dependía de esa muerte anunciada. Si sonaba
la radio o si su mamá se demoraba, pensaba
“seguro que mataron a mi papá”.
–¿El
destierro en Finlandia mejoró la situación
de su familia?
–Cuando llegamos, Javiera tenía nueve años.
Aprendió el idioma enseguida y en el colegio
le iba bien, pero con los años empezó a caer
en estados depresivos. Se sometió a
tratamientos y todos coincidieron que fue
decisivo el entorno de violencia en el que
creció. A partir de entonces a ella se le
figuró en la cabeza que no tenía derecho a
ser feliz. Los estados depresivos se
sucedieron cada vez más y ella empezó a
comer. Comía y comía como una forma de
castigarse. Llegaba al hospital con 65 de
hemoglobina y hemorragias. Siempre con
desesperanza. Iniciamos terapias con la
familia y hace tres años se internó en una
clínica de la que no podía salir por el
tratamiento. Pero allí avanzó mucho. Se
recuperó. Bajó como 40 kilos. Pero volvió a
caer. La última vez, la fui a ver y le conté
del viaje. Para ella fue como volver a
vivir.
Hugo llora. Pero sigue.
-Les pidió el
alta a los médicos. Tenía una motivación.
Estaba feliz. Ella está escribiendo un
libro, es un retrato de ella. Javiera dice
que este capítulo es el que tiene que
cerrar. Para eso necesita ir a Chile,
caminar por sus calles con su papá, pero
ahora no, en seis años más cuando se termine
la condena.
–¿Sueña con volver a vivir en Chile?
–Sí, claro. En Chile tenemos mucho para
hacer.

