|
Brasil
PT: ¿La hora de la verdad?
por Marc
Saint-Upéry - La Insignia
Era
el mayor partido de izquierda de las Américas, y probablemente
también el más grande del planeta (1). Surgido de la
convergencia entre luchas obreras, movimientos sociales,
comunidades de base cristianas e intelectualidad crítica, con
más de 800.000 afiliados y millones de simpatizantes,
representó durante 25 años no sólo la esperanza de un vasto
sector de la sociedad brasileña, sino la de amplias camadas de
militantes y luchadores sociales en el mundo. En unos meses,
en unas pocas semanas, tal vez, su cuarto de siglo de vida
podría acabar en una desastrosa implosión o en una vergonzosa
autocastración política, ideológica y moral.
Aunque todavía no haya pruebas jurídicamente válidas, la
avalancha de revelaciones acumuladas desde la mitad de mayo de
este año demuestra claramente que importantes dirigentes del
PT estaban involucrados en complejos esquemas de financiamento
paralelo y, posiblemente, de compra de votos, con o sin
enriquecimiento personal de algunos de los actores implicados.
Lo que es inadmisible en general se vuelve desastroso para un
partido de izquierda que siempre enarboló su capital ético
como eje esencial de su patrimonio de valores (2).
Desgraciadamente, tampoco es muy sorprendente en vista de la
perversidad estructural del sistema de financiación y de
manejo mediático de las campañas electorales en la casi
totalidad de los regímenes democrático-liberales. En los
últimos 20 años, por ejemplo, varios partidos socialistas y
comunistas europeos estuvieron sacudidos por escándalos
locales o nacionales vinculados a "cajas negras" de campaña y
al "dinero fácil" de los financistas privados y públicos.
Según el testimonio del economista César Benjamin, alejado del
PT desde el 1995, sectores informales del aparato dirigente
petista manejaban "recursos paralelos" al menos desde el 1994.
Los que habían concluido desde hace al menos dos años que
el PT había traicionado su proyecto histórico consideran que
los hechos de los últimos tres meses confirman ampliamente su
pronóstico. La mayoría de la militancia y de los
simpatizantes, que aceptaba a regañadientes la justificación
de la política restrictiva de Antonio Palocci (ministro de
Hacienda) y Henrique Meirelles (Banco Central) por la
"herencia maldita" de Fernando Henrique Cardoso (FHC), la
fragilidad externa del país y los peligros de
desestabilización macroeconómica (3), se sienten hoy
profundamente defraudados, al mismo tiempo que angustiados por
el futuro del partido y la posible dilapidación de todo lo
acumulado en 25 años. Muchos, y mucho más allá de la izquierda
petista tradicional, reclaman una refundación radical del
partido y un nuevo rumbo político y económico del gobierno
(4).
Por
otro lado, aun reclamando transparencia ética y castigo de los
culpables, varios exponentes del PT, pero también de los
movimientos sociales autónomos del partido y muy críticos de
la ortodoxia oficialista, como el MST, hablan de un intento de
"golpe" de las élites. Es claro que para la derecha, lo poco
que ha hecho el gobierno Lula para cambiar Brasil es ya
demasiado. La perspectiva de una consolidación social y
electoral a largo plazo de un proyecto de transformación de
las estructuras políticas, económicas y sociales del país,
aunque fuese en una versión moderada y conciliadora, es una
pesadilla para los grupos dominantes tradicionales. Sin
olvidar el disgusto de Washington frente a la estabilización
de una alianza politico-ecónomica mutuamente provechosa entre
Caracas y Brasilia, cimentada en la integración económica
regional -comenzando por los países de la fachada atalántica-,
la construcción masiva de infraestructuas multiplicadoras de
desarrollo, la formación de cadenas productivas
transnacionales y la consolidación de estrategias politico-comerciales
convergentes.
Así que el objetivo mínimo es sangrar Lula hasta las
elecciones y sobre todo aniquilar la legitimidad y la
potencialidad del proyecto partidario del PT como proyecto de
izquierda o de centro-izquierda. De ahí la instrumentalización
sensacionalista del escándalo de corrupción (5), como explicó
el jurista Dalmo Dallari a la revista
Fórum: "Veo
hechos que ocurrieron en el gobierno de Fernando Henrique y de
los que se informó sin que fueran considerados una tragedia
nacional. Cuando se dan en el gobierno de Lula, aparecen como
si fueran el fin del mundo". Es cierto que hay algo obsceno en
el espectáculo de viejos tiburones de la política
"fisiológica" (6), sobrevivientes de escándalos de corrupción
mucho mayores, posando ahora de paladines de la moralidad
republicana. Sin embargo, la mala fe descarada y el carácter
claramente conspirativo de los intentos de desestabilización
propugnados por la derecha y los medios de comunicación
hegemónicos no exime de su responsabilidad a los miembros del
núcleo dirigente que ahondaron el PT en este río de lodo.
Denunciando el secuestro del partido por un aparato paralelo
desprovisto de cualquier brújula ética, el tercer
vicepresidente nacional del PT, Valter Pomar (también animador
de la tendencia "Articulación de Izquierda") señalaba hace
poco que, en ausencia de una reacción vigorosa y adecuada,
"podemos ser apartados del gobierno de forma tan
desmoralizante que la izquierda brasileña podría ser
neutralizada, como fuerza activa de transformación, durante
varias décadas".
Por
el momento, la actuación del grupo dirigente petista en los
ámbitos del gobierno y del partido dan señales parcialmente
contradictorias. Por un lado, los nuevos nombramientos
ministeriales no apuntan hacia un nuevo rumbo de la política
económica; más bien, algunos de ellos parecen responder a la
exigencia de acuerdos "fisiológicos" con los partidos aliados,
como para calmar sus veleidades de entrar en el baile
golpista. Por otro lado, Lula apuesta con fuerza a su carisma
popular y a la enorme simpatia de la que sigue gozando entre
las masas más humildes del país. La derecha se da cuenta de
esto y está dividida sobre un posible impeachment
(juicio político y destitución de Lula). Anticipa que el tiro
le podría salir por la culata si, en lugar del esperado
"clamor de la calle" a favor de la destitución de Lula,
surgiera una movilización popular en apoyo al presidente
obrero acosado por las élites facciosas. Tampoco está segura
de hacer mejor negocio con un José Alencar (el actual
vicepresidente) poco previsible y sin mucha legitimidad ni
base de apoyo confiable que con un Lula debilitado que
encabece un gobierno posiblemente aun más sometido a los
intereses conservadores.
Del lado del partido, el nombramiento como presidente de
una personalidad con cierto prestigio histórico, intelectual y
moral y no estrictamente vinculada al núcleo dirigente del
"campo mayoritario", el ex alcalde de Porto Alegre y ministro
de Educación Tarso Genro, parece demostrar una real voluntad
de saldar las cuentas y transparentar el proceso partidario
con miras a las elecciones internas directas de septiembre y
octubre (primera y segunda vuelta). Pocos días ante de ser
nombrado, Genro escribía en un artículo de opinión publicado
por un diario de San Pablo que el PT no tenía una "agenda
necesaria que pudiese contribuir con el gobierno en lo que se
refiere a las propuestas de transformación de la realidad
brasileña. (…) No conseguimos una alternativa que despertase
los mejores sentimientos de solidaridad y humanismo, vetados
por el economicismo neoliberal. Avanzamos, pero quedamos
parados a mitad de camino: no entre el progresismo y la
socialdemocracia, sino entre el progresismo moderado y el
neoliberalismo dotado de falsa modernidad". Por esas razones,
el PT habría sometido su programa "al relativismo del mercado
financiero". De ahí vendrían los problemas y la crisis actual,
y concluía: "El PT debe reformarse profundamente, investigando
[lo ocurrido] por medio de sus instancias internas (…).
Necesitamos, en el PT, de una reforma política, programática y
de métodos de dirección para reasumir las responsabilidades
con Brasil y con la democracia". Sin embargo, la izquierda
petista reprocha a Genro haber sido nombrado bajo presión del
Planalto y pasando por encima del reglamento partidario, que
prevé la asunción de uno de los vice-presidentes, mientras
muchos de los exponentes de esta tendencia tienen recelos
ideológicos hacia un dirigente e intelectual que, a partir de
su experiencia de gestión participativa en Porto Alegre, lleva
desde hace años una reflexión teórica autocrítica sobre lo que
él percibe como impases y aporías del ideario marxista radical
en su versión clásica.
En una resolución de su Comisión Ejecutiva Nacional
publicada el 16 de agosto, el PT pidió disculpas a la nación
por las graves irregularidades cometidas por algunas de sus
cuadros dirigentes "sin el conocimiento de las instancias
formales del partido", y prometió transparencia total de las
investigaciones internas y externas, castigo ejemplar a los
culpables y reconstrucción democrática de los mecanismos de
dirección y de las relaciones entre gobierno y partido. Por
lo demás, defendió el balance global del régimen y propuso
más inversión social, más crecimiento productivo y más
redistribución salarial "sin comprometer la estabilidad
macro-económica". Claramente un texto de compromiso que
trata de expresar y canalizar el enorme malestar interno sin
abrir un cuestionamiento demasiado arriesgado de la adhesión
del PT a la línea del gobierno. La verdad es que, para los
cuadros y los militantes petistas que enarbolan un voluntad
a la vez sincera y realista de refundar y removilizar el
partido, el margen de maniobra es muy estrecho entre la
legitimación de una operación cosmética de salvataje
puramente pragmático del mínimo político vital hasta la
reelección -o la derrota electoral- y la de una dinámica de
ruptura abierta, de autodestrucción y de fragmentación
organizativa que muy probablemente llevaría a más
desmoralización y más impotencia política, aunque sea
cobijada por el espejismo ultraizquierdista de la
"clarificación" (7).
Como dice Paul Singer, secretario de Economía Solidaria
en el Ministerio de Trabajo y crítico de la ortodoxia
económica impuesta por Palocci y el Banco Central, "lo que
nos debe guiar en esta tarea no es la nostalgia de un PT más
puro y auténtico, sino la búsqueda inteligente del límite a
partir del cual los medios ya no se justifican por los
fines, sino que vuelven a ser obstáculos para la realización
de estos mismos fines". O sea delinear un camino entre la
autocastración de la adhesión a un oficialismo descerebrado
y la impotencia de un repliegue fundamentalista sin
incidencia sobre la inevitable derechización y
desmoralización de un escenario "post Lula" (8). Como señala
Emir Sader, conocido crítico de izquierda de la gestión de
Lula, el ensañamiento de la derecha contra el régimen
desmiente la idea de que se trataría del "gobierno de la
nueva derecha": "Quien hace afirmaciones como ésta, no
consigue explicar por qué la derecha (…) ataca
virulentamente al gobierno Lula. Quien amalgama a los
gobiernos de FHC y Lula, no alcanzará a comprender por qué
la derecha unida predica el retorno del bloque Partido
Social Demócrata de Brasil-Partido del Frente Liberal (PSDB-PFL).
Política externa, política educativa, política cultural: son
por lo menos tres elementos de ruptura con la política
liberal y pro estadounidense del gobierno FHC. (…) Lo que la
derecha unida desea no es tanto la derrota del gobierno
Lula, sino la derrota de la izquierda, con proyecciones
históricas de largo plazo. (…) La derecha sabe que derrocar
el gobierno es bueno para ella, porque sabe que la
alternativa de hoy es ella, la derecha. La izquierda
necesita saber que, mal con Lula, peor sin él. Porque
significaría la vuelta de la política de servilismo a la
hegemonía imperial estadounidense, con todas las graves
consecuencias para Brasil, América Latina y el sur del
mundo. Significaría la vuelta de la privatización de la
educación, de Petrobras, del Banco de Brasil, de la Caja
Económica, entre otros."
En una posición más o menos similar encontramos también
el MST y otros movimientos sociales. Sin embargo, al mismo
tiempo que llama al gobierno a liberarse de la camisa de
fuerza de la ortodoxia financiera, a dejar de apostar sólo
por la gobernabilidad y los acuerdos institucionales y a
confiar más en la movilización popular, el MST reconoce el
reflujo del movimiento social y la profunda desmovilización
y despolitización de la mayoría de los sectores subalternos.
Por sensata que pueda parecer, una posición de apoyo crítico
al gobierno de Lula acompañada de fuertes presiones
reivindicativas no responde a interrogantes fundamentales:
¿Cómo gobernar y aplicar un programa de transformaciones
profundas con una izquierda ampliamente minoritaria en el
Congreso y en la sociedad? ¿Cómo impulsar una reforma
política -la misma que debería imponer el financiamento
exclusivamente público de las campañas electorales, la
fidelidad partidaria y la sanción político-legal de los "camisetazos"
(9) sin transar con los intereses partidarios de los aliados
y de la oposición?
Más allá de estos temas trascendentales pero en parte
coyunturales, la crisis del PT interpela profundamente toda
la izquierda latinoamericana. No hay fatalidad antropólogica
que nos obligue a creer que el capitalismo sea la última
palabra de la civilización humana; tampoco a renunciar a
luchar por una sociedad más justa. Sin embargo, estas
verdades intemporales no son una repuesta muy satisfactoria
a nuestras exigencias de corto y medio plazo. En esta
primera mitad del siglo XXI, ¿es posible construir un
proyecto transformador que vaya más allá de la gestión
"responsable" y con "rostro humano" del capitalismo, o sea
de un horizonte "social-liberal" caracterizado por una
prudente ortodoxia económica matizada por políticas sociales
compensatorias? No habrá respuestas independientes de
nuestros ensayos y de nuestros esfuerzos, pero no hay duda
de que el destino final del Partido de los Trabajadores de
Brasil definirá parámetros clave de nuestro modo de plantear
el problema (9).
Notas
(*) Una versión más breve de este artículo salió en la
revista Entre Voces (Quito, agosto del 2005).
(1) Si se excluye el Partido Comunista Chino, en el que la
afiliación responde obviamente a parámetros políticos y
sociológicos muy distintos e incompatibles con un proyecto
progresista democrático.
(2) La cuestión de si Lula "sabía", aunque moral y
jurídicamente pertinente, es políticamente frívola: si sabía,
es cómplice; si no, su credibilidad de dirigente está en los
suelos.
(3) La idea que, por la gestión desastrosa de FHC, Brasil
estaba en el 2002 a la víspera de una crisis catastrófica de
tipo argentino, era compartida y defendida con argumentos de
peso por varios expertos y exponentes no sólo del PT, sino de
su aliado el PCdoB (Partido Comunista). Por supuesto, la
nítida recuperación del crecimiento y del empleo, los éxitos
de programas sociales como Beca Familia -que alcanza a más de
8 millones de familias pobres- y la política internacional
progresista del régimen son otros factores que influyeron en
la aceptación de las limitaciones impuestas por la ortodoxia
económica.
(4) Ver las contribuciones al debate abierto por la revista
del PT, Teoría e Debate, en:
http://www.fpabramo.org.br/especiais/tdurgente/especial_td.htm
(5) Que tiene sin embargo sus límites en la medida en que, muy
rápidamente, todos los partidos de oposición comenzaron
también a estar salpicados por un escándalo que revela el
carácter sistémico de los esquemas de corrupción. De ahí que
no se excluye la posibilidad de un acuerdo final espúreo entre
gobierno y oposición para "limitar los daños".
(6) Los brasileños llaman "fisiológicos" a los partidos sin
proyecto ni definición ideológica muy clara que viven
esencialmente del parasitaje del aparato de Estado, del
clientelismo y de la venta de su cuota de poder y de
representación al mejor postor.
(7) Este espejismo es claramente ilustrado por la marginalidad
política, las divisiones ideológicas internas y la
desorientación estratégica del P-SOL -Partido Socialismo y
Libertad-, grupo formado por cuadros y militantes desprendidos
del PT cuyo sustento esencial es el pequeño capital de
simpatía electoral y de prestigio moral de la senadora ex
petista Heloisa Helena, o por el vanguardismo sectario y
dogmático del no menos marginal PSTU trostkista.
(8) Ver el interesante intercambio entre Raul Zibechi ("El
escenario post Lula", Red Latina sin Fronteras, 21-07-2005) y
Guillermo Almeyra ("¿Realmente hay un 'escenario post Lula'?",
La Jornada, 25-07-2005).
(9) En varios países de Latinoamérica, se llaman "camisetazos"
a los frecuentes cambios de tienda política. En Brasil, por
ejemplo, un tercio de los diputados cambia de partido al menos
una vez durante un mandato. Un cuarto cambia más de una vez.
Aunque la migración partidaria oportunista no afecta
directamente el PT, socava tanto la ética parlamentaria como
la posibilidad de formar alianzas y coaliciones confiables.
(10) No creo que las muy legítimas veleidades redistributivas
del nacionaldesarrollismo petrodependiente, aun menos la
camisa de fuerza de la dictadura sobre el proletariado, sean
alternativas creibles o sostenibles a este dilema, al menos a
largo plazo. Esta modesta opinión mía es por supuesto
perfectamente discutible. El problema es que la discusión en
serio ni siquiera ha comenzado, ya que la gesticulación
retórica y los saludos emocionales a la bandera no dan paso a
un verdadero debate. Basta comprobar el vacío abismal y la
falta de un mínimo de sustento teórico y empírico de los
primeros "debates" sobre el "socialismo del siglo XXI",
proclamado repentinamente por Hugo Chávez a inicios de 2005.
Espero tener la oportunidad de volver sobre este tema.
|