No
es hombre, ni mujer, ni heterosexual, ni homosexual, ni
transexual, dice. Brillante filósofa y ensayista, relata su viaje
de niña bien de Burgos a icono del movimiento transgénero.
“follamos fuera
de vuestras restricciones. Un placer que no conoceréis”
“la
testosterona te pone a mil. si fuera libre, sería el viagra para
mujeres”
“hay que dar
armas a las mujeres, puesto que los hombres están armados”
Se
mueve por el Centro Pompidou de París como Pedro por su casa. El
escenario le va al pelo. Alta, andrógina, alternativa. Experimental.
Preciado no tiene reparo, como el edificio del museo, en exhibir sus
interioridades para explicarse a sí misma y al mundo. Autora de
Manifiesto contrasexual (editorial Opera Prima) -una especie de
biblia del movimiento transgénero o queer- y de Testo
yonqui (Espasa) -donde explica los efectos que provoca la
autoadministración de testosterona en su vida sexual-, esta
burgalesa de 39 años vive como piensa y piensa cómo vive. En
constante revolución contra las normas que determinan políticamente
el sexo, el género, los modos de buscar y obtener placer. Filósofa,
activista alternativa y profesora de la Universidad París VIII,
acaba de quedar finalista del Premio Anagrama de Ensayo con
Pornotopía, un ensayo sobre el imperio Play Boy.
Cuando tenía nueve años, alguien
telefoneó a su madre y dijo: "Su hija es marimacho". ¿Sufrió de
niña?
Iba a un colegio de monjas, pero
nunca tuve problema por ser distinta. Cuando me decían qué quería
ser de mayor, respondía: hombre. Me veía como hombre porque ellos
tenían acceso a las cosas que quería hacer: astronauta o médico.
Nunca lo viví como vergonzoso ni traumático, era algo a lo que creía
tener derecho. De cría, hasta tenía una hucha para hacerme un cambio
de sexo.
¿Qué referentes tenía en esa
época: Burgos, primeros ochenta?
Ninguno. Yo me movía en un mundo
en el que el referente era la parroquia, imagínate.
Entonces, ¿se guió por instinto?
De niña, sí. El instituto fue
fundamental. Simona, una maestra con un hijo autista, reclutó a
niños con problemas y creó una clase. El grupo G. Autistas,
superdotados, raros. Ocho marcianos feos y atroces. Terribles, pero
mimados. Adoraba a mis profesores, eran muy abiertos para como era
yo.
De aquella llamada a hoy, ¿cómo
llevan sus padres su activismo sexual?
Fue traumático y lo sigue siendo.
Mi padre era un empresario respetable. Mi madre, costurera de
novias. Soy hija única. Imagino que esperaban otra cosa de mí. Son
religiosos y de derechas como se es de derechas en Burgos, de forma
irreflexiva, porque toca. En ese contexto fui rebelde, pero no
porque me lo propusiera, sino porque cada cosa que hacía
escandalizaba. Yo era un ovni, sí, pero no lo viví como algo que
ocultar.
¿De dónde sale su rebeldía, si no
sufre por ser como es?
Lo más duro para mí es ver cómo
la gente se deja reprimir.
Entonces ¿es una rebeldía
solidaria?
Siempre ha tenido algo político.
Daba charlas a los niños para decirles: hagamos esto, organicémonos.
Yo no me dejé reprimir, pero sí han sido dolorosas las rupturas con
mis amigos o mi familia cuando no aceptan lo que para mí es natural.
Con mis padres ha sido una larga pedagogía. Mi carácter no es el más
tolerante. Ahora pienso: os tolero en vuestra manera de ser, qué voy
a hacer. Pero entonces fue muy intenso. Con 16 años fui con el grupo
G a Filadelfia y volví con la idea de hacer filosofía política.
¿Qué le atrae a una adolescente de
la investigación filosófica?
Yo era muy de ciencias, quería
hacer biología genética. Pero en bachillerato me di cuenta de que
las cuestiones a las que quería responder no iba a resolverlas con
la biología, y que ese otro lugar era la filosofía.
Usa conceptos como 'biohombre', 'biomujer',
'biopolítica'; la biología está en su obra.
Sí, me interesa la vida, pero en
su dimensión somática, carnal, corporal.
También habla de arquitectura, de
la ciudad como organismo.
Quizá el origen de todo sea el
cuerpo, pero no como organismo natural, sino como artificio, como
arquitectura, como construcción social y política. Eso que siempre
imaginamos como biológico -la división entre hombre y mujer,
masculino y femenino- y que es una construcción social. Me interesa
la dimensión técnica de eso que parece natural.
Hablamos de género en Occidente en
2010. Pero pensemos en un niño que nace en Malí, ¿su sexo y su
género también es artificio biopolítico?
Claro, fíjate en las distinciones
que estableces. Para indicar naturaleza, piensas en África, como si
aquí estuviera la tecnología y el artificio, y en África, la
naturaleza. Estas distinciones funcionan para lo masculino y lo
femenino. Lo masculino como técnica, construcción, cultura. Lo
femenino como naturaleza, reproducción. Lo que es construido es esa
distinción naturaleza/cultura que no existe, que es ficticia.
¿Los cromosomas XX y XY no
significan nada?
Son un modelo teórico que aparece
en el siglo XX para intentar entender una estructura biológica,
punto.
Sostiene que la sexualidad es
plástica. Que no es una constante en la vida, ni siquiera en el día.
¿Esa es la esencia de su teoría?
En parte sí, en el sentido de que
la sexualidad, que es de forma más amplia la subjetividad, y en la
que entra la identidad y la orientación sexual, los modos de desear,
los modos de obtener placer, son plásticos. Y precisamente por eso
están sometidos a regulación política. Si fueran naturales y
determinados de una vez por todas, no la habría.
Por regulación se refiere a que se
determine que se es hombre o mujer en el DNI, y a ello correspondan
X derechos, X deberes, X roles.
Exacto. Hay un enorme trabajo
social para modular, controlar, fijar esa plasticidad. Y no sólo
política, también psicológicamente. Cada individuo es una instancia
de vigilancia suprema sobre su propia plasticidad sexual. Cuando
preguntabas de dónde viene mi rebelión, es de ahí. Cómo es posible
que no estemos en revuelta constante, que esto no sea la revolución.
¿Por qué tendría yo, mujer,
heterosexual, casada, madre de dos hijas y moderadamente conforme
con su vida, que rebelarme?
Deberías estar en rebelión porque
hay un cierre, una clausura de tu identidad que impide cualquier
otra posibilidad. Desde el momento en que dices: yo, biomujer,
casada, madre...
Ya me estoy perdiendo cosas.
Efectivamente. Declararse
heterosexual también supone un conjunto de arreglos posibles, pero
suponen una coreografía tan estrecha que lo que me parece terrible
es que se acepte como inamovible. No creo en la identidad sexual, me
parece una ficción. Un fantasma en el que uno se puede instalar y
vivir confortablemente.
Y feliz.
Por supuesto. Pero es que ese es
precisamente el éxito de la biopolítica.
Que nos comemos el 'soma' y encima
contentos.
Totalmente. Cuando hablamos de
biopolítica, estamos hablando del control externo e interno de las
estructuras de la subjetividad y la producción de placer. Me defino
como transgénero, pero he salido con biohombres, con biomujeres, con
trans Y te puedo decir que cuando eres biomujer, asignada
socialmente como mujer, y sales con un biohombre, asignado como
hombre, experimentas una reorganización de tu campo social. De
repente, tu familia está contenta. Es un sistema de comunicación
complejo, en el que emites signos que son descodificados: estoy de
acuerdo con el sistema de producción, y voy a reproducir la nación
tal como la conoces.
Aunque seas infiel, o seas un gay
en el armario.
Claro, la máquina de control eres
tú, y lo interesante es la forma de desactivarla. Por eso me
interesa escribir, dar clases, el activismo. Hay posibilidad de
rebelión en cualquier parte.
¿Ese activismo es una postura
intelectual, o le sale de las tripas?
Pero ¿qué son mis tripas?
Volvemos a la misma diferencia. Yo nací con una deformación de
mandíbula. Durante años no tuve fotografías personales, sólo
médicas. En casa no hacíamos fotos porque yo era deforme. Desde los
siete años tengo ritualmente encuentros con el sistema médico. A los
18 me hacen una operación funcional, pero también estética. Era
necesaria, pero tampoco tuve opción de decir no al aparato médico.
Tenía una cara atroz, de caballo, y en cuanto salí, todos me dijeron
que estaba fantástica. Viví esa operación como un cambio de sexo en
el sentido de que era un cambio de identidad.
¿Porque la devolvió al redil de la
'normalidad'?
Sí, fue un modo de normalizar mi
cara. A partir de ahí empiezo a distanciarme de todo eso de qué eres
tú naturalmente, o qué son tus tripas, o que la cara es el espejo
del alma. Mi cara no es el espejo del alma, es el espejo de la
medicina plástica de la España de los ochenta.
Parece que su rebeldía sí tiene
algunas semillas.
Algo hay. Cuando salí de la
operación, me gasté el dinero ahorrado para cambiar de sexo en
viajar. Me di cuenta de que mi imagen y la que los otros veían no
coincidían ni coincidirían nunca. Es como la anorexia. Yo aún le
pregunto a mi novia si me ha crecido hoy la mandíbula. Por eso veo
el cuerpo como arquitectura, como relación con las instituciones
médicas, jurídicas y políticas.
Leyendo su obra, su vida parece
una batalla constante contra la norma. ¿Por qué no se relaja?
Yo me veo relajadísima, mucho más
que los otros. Lo que observo en la gente es una tensión aunque sea
inconsciente por adecuarse a lo que se supone que es femenino,
masculino, a la heterosexualidad o la homosexualidad. Yo también he
experimentado la presión homosexual al decir que no soy un tío ni
una tía. En la homosexualidad hay restricciones, reglas precisas. La
tensión está ahí, la revolución es otra cosa.
¿Su estado natural?
No [ríe], ya me gustaría. Hay
veces que no puedo evitar decir: cero solidaridad con el género
humano y su cultura de la guerra.
¿Por qué esa desesperanza?
Hay una teórica queer
americana, Sedwick, que decía que la revolución es un modo de salir
de la depresión política. Es como si viviéramos en estado de
patología, veo una gran depresión colectiva cuyos signos son el
consumo aberrante, la producción de desigualdades, lanormalización
excesiva, la sobrevigilancia, la cultura de la guerra.
¿Lo que llama 'régimen
farmacopornográfico' es un nuevo fascismo basado en el sexo?
No, el fascismo no es depresivo,
sino histriónico, mientras que el momento farmacopornográfico es de
sobreadicción, sobreconsumo, destrucción. Como si nos hubiéramos
dado colectivamente las condiciones de nuestra propia destrucción y
estuviéramos de acuerdo. Y digo esto consciente de que puedo parecer
un padre jesuita.
¿Pero esta no es una cultura
hedonista?
No. El hecho de que lo que mueve
la cultura sea el placer no quiere decir que el fin sea hedonista.
El objetivo es la producción, el consumo y, en último término, la
destrucción. El reto de lo que debería ser una izquierda para el
siglo XXI es tomar conciencia de ese estado de depresión colectivo,
a diferencia de la derecha, que vive en la euforia del consumo, de
la producción de desigualdades, de la destrucción. La izquierda
tiene que decir: mierda, la estamos cagando, y eso tiene que llevar
a un despertar revolucionario. Y creo que eso puede venir de esos
que hemos apartado a los márgenes de lo político: los gays, las
lesbianas, los yonquis, las putas. Ahí hay modos de producción
estratégicos para la cultura y la economía, y ahí se están
produciendo soluciones.
¿Y qué aportan esos 'detritus del
sistema', como usted los llama?
Inventan nuevas formas de
relación personal y política que se salen de una coordenada que
engancha con las políticas coloniales del siglo XV y que tienen que
ver con la familia, la nación, la raza. Esa línea se ha agotado, hay
que abrirse a lo no familiar, no nacional, no racial, no generizado.
¿Es consciente de la difícil
comprensión y 'venta' de ese modelo?
No aspiro a venderlo. Y no es tan
difícil. En mis charlas siento que lo del estado depresivo conecta.
Pese a la enorme complejidad del mundo contemporáneo, veo una
terrible reducción a lo de siempre.
Es gracioso el pasaje de 'Testo
yonqui' cuando vuelve a Burgos y ve a sus ex novietas del cole
paseando por el Espolón con sus niños y sus mechas perfectas.
Las respeto y las adoro. Sobre
todo porque sé que detrás de las mechas y los niños siguen
resistiendo, están vivas.
Se define como una terrorista, una
guerrillera.
Así me ven los otros. Yo hacía
mis cosas, todos decían: que paren esa revolución, y yo no
comprendía que la revolución era yo. Disfruto de la inteligencia
colectiva. Mi primera Gay Parade en Nueva York fue el mayor subidón
de éxtasis vital de mi vida. Éramos 3.000 bolleras por la calle, ese
espacio que nos tenían prohibido. Fue darme cuenta de que otro mundo
es posible, de que la realidad puede cambiar, eso me fascina.
Los transexuales claman por entrar
en los protocolos de reasignación de sexo. Sin embargo, usted
deplora que estén regulados por el Estado.
Hay una multiplicidad de maneras
de ser transexual. He estado en asociaciones de lesbianas radicales
y, en tres años, la mitad habían cambiado de sexo. Desconfío de los
dogmas acerca de la identidad sexual, porque he visto todo y su
contrario. Los protocolos son un modo de normalizar la plasticidad
sexual. España es una especie de gallifante de Turquía y Suecia. Hay
una base biopolítica cuyos emblemas son el género, la
heterosexualidad, la familia, la raza y la nación. Pero también un
régimen farmacopornográfico en el que el sexo es objeto de consumo y
producción. La colisión de esos dos regímenes lleva a una situación
delirante, en la que puedes acceder a operaciones de cambio de sexo,
pero sólo con las condiciones exigidas para normalizarte.
En 'Testo yonqui', usted es el
objeto de su investigación. ¿No le da pudor esa exposición?
No, y eso que me eduqué con
monjas y estudie filosofía en Comillas con los jesuitas. Los adoré,
estaban metidos hasta el fondo en el marxismo y la teoría de la
liberación. Son fantásticos. Sigo teniendo relación con Juan Masiá,
un filósofo al que excomulgaron por decir que el condón es de
sentido común. Nos intercambiamos obras.
¿En serio? ¿Y qué comenta un
jesuita de sus prácticas sexuales en 'Testo yonqui'?
Nada [ríe]. Pero no hace falta,
sé que me aprecia y nos queremos mucho.
Me refería a si no le da pudor
exponer su sexualidad.
Al contrario: mi sexualidad ha
sido siempre invisible. Lo que era visible es el estereotipo que la
gente tiene sobre la sexualidad lesbiana o trans. Entonces no
lo veo como una forma de exposición impudorosa, sino como un modo de
producción de visibilidad. Hay un elemento de propaganda. Una amiga,
Itziar Ziga, ha escrito un libro, Devenir perra, en el que
dice: nosotros follamos más y mejor. Follamos fuera de vuestras
restricciones normativas y eso es un placer que nunca conoceréis. Y
si os tienta saberlo, wellcome
to the revolution.
¿Ese sería el orgullo 'queer':
follamos más y follamos mejor?
Sí, y quizá vivimos en otro
mundo. En otro mundo que existe y que esta aquí, justo al lado.
Usted es una celebridad en los
círculos 'queer', da clases en la Universidad París VIII, pero es
desconocida en España. ¿Se ve de profesora en la Complutense?
En España hay instituciones casi
feudales. Y dentro de ellas, en un caos extraordinario, suceden
cosas paradójicas. En cualquier universidad hay elementos
revolucionarios, puntos de resistencia. La revolución no está en
otro lado, está aquí, y en la Complutense también.
A ver si la nombran hija
predilecta de Burgos.
[Risas]. Ahora, con lo del
premio, mi madre dice: qué bien, hija, sales en el periódico, pero
tienen la mala idea de sacarte con bigote. No sabe que mi gran
orgullo mediático es la portada de la revista transgénero americana.
Desde fuera, lo suyo puede parecer
un espectáculo provocativo.
Sí, siempre existe ese riesgo de
apariencia estrambótica y consumo morboso, pero hay vida más allá
del mundo normalizado.
Para escribir 'Testo yonqui' se
administró testosterona en gel casi un año. ¿Sigue 'poniéndose', ya
que en el libro se declara 'adicta'?
Ocasionalmente. Respecto a otras
adicciones que conozco, la de la testosterona es llevable. Lo veo
como una posibilidad y no una necesidad. Para mí, el cambio del sexo
no es el paso del muro de Berlín; algo de esa frontera política
tiene, pero yo lo veo como un espacio de prácticas del cuerpo.
¿Qué obtiene de la testosterona?
Algo le sacará.
Es una droga sexual. Si fuera de
venta libre, sería el Viagra para biomujeres. Te pone a mil. Pero
empecé a tomarla por un elemento de experimentación, de
transgresión, casi una orgía hormonal.
Qué le sugiere a usted, que se
declara más allá de lo masculino y femenino, la expresión 'violencia
de género'.
Creo que cuando se dice violencia
machista no se incide tanto en las prácticas de discriminación como
en la masculinidad. Como si la masculinidad fuera una violencia en
sí misma y que se ejerce contra las mujeres. Se pasa por alto toda
una serie de prácticas violentas transversales. Hay violencia dentro
de la homosexualidad, de la transexualidad. Creo que el género mismo
es la violencia, que las normas de masculinidad y feminidad, tal y
como las conocemos, producen violencia. Si cambiáramos los modos de
educación en la infancia, quizá modificaríamos lo que llamamos
violencia de género. Siempre pensamos que las niñas pueden
defenderse y no agredir. Seamos honestos: en una cultura de la
guerra, no equipar técnica y prácticamente a un conjunto de la
sociedad para ser capaz de acceder a técnicas de agresión cuando sea
necesario es discriminatorio.
¿Propone enseñar a las niñas no
defensa personal, sino ataque personal?
Exacto.
Menudo titular me acaba de dar.
Busco alternativas radicales a la
cultura de la guerra, y una es el acceso igualitario a las técnicas
de la violencia. Toni Negri decía: hay que darle armas al pueblo,
puesto que el Estado está armado. Yo diría: hay que darles armas a
las mujeres, puesto que los hombres están armados.
Le van a llover protestas.
Esto es una guerra fría: tú
tienes armas, yo también.
En 'Testo yonqui' propone a las
mujeres tomar testosterona. ¿Cree que así romperíamos el techo de
cristal?
Eso es una fantasía de política
ficción. La filosofía hace eso, produce ficciones que nos ayudan a
modificar el modo en que vemos lo real. Pero nada impide que todas
las mujeres tomen testosterona y mañana sean hombres. La posibilidad
es tan simple que tiene que haber medidas de restricción para
evitarlo. Mi proyecto político es más serio y lúdico a la vez.
Imagínate qué mundo lleno de tíos peludos. La estructura de
dominación está tan anclada que claro que hay techo de cristal. Pero
también represión del lado masculino. Ellos tampoco están bien.
¿La famosa crisis del hombre
moderno?
Si algo está en crisis es la
masculinidad. Desde el feminismo ha habido un trabajo crítico, pero
del lado de los tíos, nada. Por eso me asombra que ellos no se
rebelen y digan: quiero enseñar mis piernas estupendas sin
celulitis.
Los hombres se depilan hoy más que
las mujeres.
Uno de los cambios del régimen
farmacopornografico es que el cuerpo masculino pasa a ser objeto de
producción del mercado. Lo de la nueva masculinidad o la
metrosexualidad no es más que eso. Ahí hay posibilidad de rebelión
para los biotíos.
¿Es feliz?
Me considero afortunada/o. Cambio
de género al hablar y escribir.
Y en varios idiomas ¿no se lía?
De hecho, la sexualidad es muy
comparable a las lenguas. Aprender otra sexualidad es como aprender
otra lengua. Y todo el mundo puede hablar las que quiera. Sólo hay
que aprenderlas, igual que la sexualidad. Cualquiera puede aprender
las prácticas de la heterosexualidad, de la homosexualidad, del
masoquismo...
Hay negados para los idiomas.
Incluso ellos pueden chapurrear
lesbiano o gay.
Hay una lengua madre, ¿también una
sexualidad madre?
Hay una sexualidad que constituye
tu suelo de adoctrinamiento. Aquella que has aprendido a reconocer
como natural. Pero en cuanto aprendes una segunda lengua sabes que
hay más, que incluso puedes abandonar la primera lengua que hablaste
sin mayor problema. Yo he estado años sin hablar español y lo hago
bien, ¿no?.
'Farmacopornografía'
Beatriz Preciado
(Burgos, 1970) cree que el sexo
mueve el mundo. Nada muy original, si no fuera porque ha
elaborado toda una teoría filosófica según la cual la búsqueda
del placer es hoy, superado el capitalismo industrial, el
objeto básico de producción y el valor de cambio en el
mercado. Lo llama 'régimen farmacopornográfico'.
Discípula de los filósofos
Michel Foucault y Jacques Derrida, se declara tránsgenero.
Una denominación que supera las distinciones entre hombre y
mujer; homosexual y heterosexual; intersexual y transexual.
Todas las clasificaciones le quedan "estrechas". Prefiere el
calificativo queer (maricón, bollera), un insulto que
algunas minorías sexuales adoptan como suyo para reafirmar su
diferencia. Profesora de Técnicas del Cuerpo en París, vive
allí con su novia, la escritora y directora de cine francesa
Virginie Despentes.
(*) Publicado por El País.
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Foto: Carlos Muñoz.