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Discurso de Apablaza ante la Corte
Esta
es parte de la extensa alocución que pronunció hoy Galvarino Apablaza
Guerra ante la corte argentina que analizó su extradición a Chile,
consignada por la agencia informativa UPI:
"Señor juez, soy parte de una generación que creyó, luchó y soñó con la
posibilidad de transformar al mundo. Integré una juventud que en la década
de los setenta en el planeta entero, y en medio de los rigores de la
guerra fría, decidió transformarse en protagonista de su destino.
Desde las aulas de la universidad, y en medio de una profunda reforma
universitaria, me incorporé con entusiasmo a la actividad política, y
desde las filas de las Juventudes Comunistas de Chile aporté mis mejores
energías y esfuerzo para el triunfo en las urnas, el candidato de la
Unidad Popular, doctor Salvador Allende Gossens.
Un 4 de septiembre de 1970, por la voluntad ciudadana, fue electo un nuevo
gobierno, encabezado por primera vez en la historia de mi país por un
socialista, como representante de una amplia coalición de partidos de
izquierda, la Unidad Popular, dispuesto a impulsar un proyecto que
interpretaba los intereses de los más desposeídos.
El triunfo popular de inmediato desató la ira de aquellos sectores
políticos y económicos que vieron amenazados sus intereses y privilegios,
haciendo lo imposible por impedir que la victoria democrática llegara a
transformarse en una realidad. Conscientes de la imposibilidad de torcer
la firme voluntad popular, no dudaron en recurrir al terrorismo, y meses
antes de la toma de posesión del cargo del elegido presidente Allende,
asesinaron al comandante en jefe del Ejército, René Schneider, de marcada
tendencia constitucionalista, demostrando así su decisión de avasallar el
nuevo proceso que se iniciaba en el país.
Desde un comienzo, el gobierno del doctor Allende se dio la tarea de
llevar a la práctica el proyecto que le había permitido alcanzar el
triunfo, a través de una serie de medidas destinadas a lograr una mayor
justicia social, especialmente en el terreno de la salud, la educación, la
vivienda, la seguridad social. Rescatando y garantizando para el
patrimonio nacional nuestras riquezas básicas como el cobre, profundizando
la Reforma Agraria, que ya había comenzado en la gestión anterior, y
manteniendo en el plano internacional, una política de coexistencia
pacífica e independencia nacional, y la solidaridad y ayuda con todos los
países del mundo, en particular con los vecinos, en la perspectiva de una
real integración regional.
La obra del gobierno popular se abría paso y, como nunca antes en nuestra
historia, el pueblo fue su gran protagonista, contribuyendo de las más
diversas maneras e iniciativas a consolidar y profundizar su propuesta,
mientras el mundo entero miraba con expectación y simpatía esta inédita
forma de socialismo.
Entre los distintos actores que apoyaron al gobierno popular, los
estudiantes, junto a miles de jóvenes, participábamos de manera activa e
intensa en intensas y permanentes jornadas de trabajo voluntario, para
contribuir e implementar el plan de gobierno.
Así desarrollamos históricas campañas de alfabetización, y construcción de
embalses y canales de regadío, centro de salud, vivienda, escuelas, y
tareas vinculadas a la producción.
De esta forma dejamos fluir nuestros sueños, mientras quienes veían
amenazados sus intereses, tanto en el plano nacional como internacional,
estructuraban todo su odio y sed de venganza.
Ellos no estaban dispuestos a permitir que dicho proyecto avanzara, y
dieron paso al terror mediante el sabotaje, los atentados terroristas, el
acaparamiento de productos, la guerra sicológica y el mercado negro,
tratando de generar una sensación de caos, escasez de productos e
inseguridad.
Contaron para ello con todo su poder e influencia en los sectores más
afines a sus intereses. El transporte y el comercio, generando así grandes
problemas en la distribución de los productos más esenciales.
A través de sus medios de comunicación, especialmente de la cadena El
Mercurio, de propiedad del clan Edwards, que según informes del Senado de
los Estados Unidos contó para ello con millonarios fondos provenientes de
ese país, alentaban el descontento y el odio hacia el gobierno, dejando
claro que no estaban dispuestos a aceptar el itinerario trazado por la
Constitución y avalado por la decisión del pueblo.
De acuerdo con informes desclasificados de la CIA, queda de manifiesto el
millonario apoyo político y financiero que distintos personeros y gremios
recibieron para destruir el proyecto popular.
A pesar de los serios impedimentos generados por un boicot permanente, el
gobierno de Salvador Allende se fortalecía, y nuevos sectores se sumaban
al proyecto de transformaciones sociales.
Cuando los grupos desplazados de una parte del poder se convencieron de
que la democracia ya no podía garantizar más sus privilegios, fueron a
golpear los cuarteles. Fraguaron así una serie de conspiraciones y
complots, que alentaban los levantamientos militares como una forma de
agudizar un clima de inestabilidad e ingobernabilidad, alimentando la
supuesta amenaza de la subversión del comunismo.
Como dichas experiencias fueron derrotadas por la movilización del pueblo,
y el arrojo de ciertos militares leales a la Constitución, se empezó a
poner en marcha la opción de os representantes del gran capital nacional y
foráneo.
De ahí en más, el terrorismo se transformó en la base de su quehacer,
llegando a asesinar al edecán naval del Presidente Allende, y a organizar
bandas paramilitares con una serie de atentados destinados a entorpecer y
afectar fuentes productivas, mientras sus representantes gremiales
generaban prolongados paros y una guerra sicológica destinada a hacer
sucumbir al gobierno de Allende.
Pero el apoyo popular al gobierno era indiscutible, y desde todos los
sectores y organizaciones sindicales, poblacionales, campesinas,
culturales, y estudiantiles, estábamos decididos a construir un nuevo
amanecer. Por nuestro esfuerzo y nuestra esperanza, defendíamos al
gobierno y al sistema democrático con él. El legítimo derecho a un futuro
mejor.
El camino democrático ahora no servía a los intereses de aquellos que
desde el exterior sentían amenazado su poder, y a quienes desde el
exterior veían como un peligro para su supremacía en el continente, los
éxitos de la experiencia chilena.
Cerraron así toda posibilidad de buscar una salida dentro de los cauces
democráticos, a pesar de la voluntad y disposición del propio presidente
Allende, de someter su gestión a un plebiscito.
Alentaron la idea de una guerra fraticida, y apoyados en la felonía de los
altos mandos de las Fuerzas Armadas, el 11 de septiembre de 1973, a dos
años y medio del inicio del gobierno popular, dieron el golpe final.
Llegó la noche. La mira de los fusiles se posó sobre todo Chile, y el
tableteo de las armas y el implacable tronar de los cañones borraron de un
plumazo la pretendida tradición democrática de mi país, arrasando con las
instituciones bases de la República, y desatando su odio y venganza sobre
todos quienes pensáramos diferente.
Se dio paso a una de las más feroces tiranías en el continente, sometieron
a la población al terror. Había miles de detenidos, torturados y
asesinados, la cacería estaba en marcha, y formaba parte de la guerra
necesaria, para imponer su poder.
Todos los derechos civiles, políticos y libertades individuales fueron
conculcadas. Se impuso la justicia del vencedor sobre los millones de
vencidos en una imaginaria y demencial guerra, pasando por encima de toda
jurisprudencia internacional, incluso de los pactos sobre los derechos de
los prisioneros de guerra.
Nuestros sueños de un mundo mejor dieron paso a una terrible pesadilla, mi
calidad de dirigente político y estudiantil fue motivo suficiente para
constituirme en un gran peligro. A pesar de estar en el último año de mi
carrera me expulsaron de la universidad, me detuvieron y secuestraron los
servicios de seguridad. Estuve desaparecido en un centro clandestino de
detención, en manos de la temida Dirección de Inteligencia Nacional,
sometido a crueles tormentos, cuyas secuelas imborrables hasta hoy me
acompañan.
Posteriormente me abrieron una espuria causa por parte de una Fiscalía
Militar, de la cual después fui sobreseído, quedando detenido en virtud de
la leyes de seguridad interior del Estado. Durante un año y medio tuve un
largo peregrinar por cárceles y campos de concentración.
Finalmente, y ante la cercanía de una visita de una comisión de la
Organización de Estados Americanos, se me instó a hacer abandono
voluntario del país, lo cual rechacé y fui expulsado de Chile con
prohibición de ingreso.
Mi familia se derrumbó no tan sólo por la partida de un ser querido sino
por el hostigamiento constante al cual por años fueron sometidos, lo que
incluso les significó la pérdida de sus fuentes laborales.
En 1984 decidí no seguir esperando que la tiranía me autorizara a regresar
a mi país, e ingresé ilegalmente para incorporarme a la creciente
resistencia en contra de la dictadura.
Mi vida la he dedicado a la lucha por un mundo mejor, más justo, y
moralmente no existía otro camino. Me integré a la lucha clandestina del
pueblo, y sus organizaciones que se alzaban y resistían a la violencia de
un régimen ilegítimo, que día a día cobraba más vidas.
Eran días decisivos en la organización del pueblo, que comenzaba a
transitar el camino de la resistencia a la opresión con la mayor dignidad,
recurriendo al legítimo derecho a la rebelión como un camino posible en la
liberación, y avanzar hacia la restauración democrática.
Lo hice primero desde las filas del Partido Comunista de Chile, y luego
desde el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, donde aporté mi mejores
esfuerzos para conquistar la libertad de mi pueblo. La presión popular fue
de gran magnitud y amplitud, y se expresaba de distintas formas pero bajo
un mismo objetivo, terminar con la tiranía.
Ello llevó incluso a que ciertas fuerzas políticas que fueron cómplices
del golpe militar, y otras que fueron sostén político e ideológico del
mismo, decidieran acelerar una salida negociada de la tiranía. Acordaron
el mecanismo de un plebiscito para decidir la continuidad del régimen, el
que fue rechazado por el pueblo, y así comenzó el término formal de la
dictadura, dando paso a un proceso de transición democrática, que a
entender del conjunto de fuerzas, aún hoy, a 15 años del recambio, no ha
concluido.
La débil democracia naciente dio sus primeros pasos protegida y tutelada,
por los mismos que la habían sepultado en el brutal bombardeo a La Moneda,
quienes hicieron explícita su decisión de hacer sentir su poder ante la
menor acción que pretendiera hacerlos responder por sus actos y crímenes
de lesa humanidad.
El primer gobierno de la transición elaboró el concepto de justicia en la
medida de lo posible, es decir, aceptando las condiciones impuestas por el
dictador, atrincherado hasta marzo de 1998 en la Comandancia en Jefe del
Ejército, y hasta el 2002 en el Senado de la República, en calidad de
miembro vitalicio, junto a varios de sus cómplices que eran senadores no
elegidos por el voto popular.
Quedaba atada así la transición democrática, condicionada por los
designios del dictador, incluso con explícitas presiones como "el boinazo"
y los "ejercicios de enlace". La falta de voluntad y decisión política de
los nuevos gobernantes, los llevaron a desistir de todas investigaciones
sobre casos de corrupción que involucraban a la familia Pinochet.
Entendiendo que ello constituía un problema de Estado que amenazaba a la
naciente democracia.
De igual manera se procedió ante el clamor nacional de aquellos amplios
sectores que comenzaron a exigir justicia y castigo a los culpables,
logrando que hasta el día de hoy, la mayoría de estos crímenes estén
impunes".
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