|
La
emboscada a Pinochet:
Un acto de justicia
Por Galvarino Sergio Apablaza Guerra, “Salvador”
Memoriaviva
Septiembre 1986. Se
cumplían 13 de años de dictadura con el tirano acorralado por un
pueblo que se había despertado del miedo y del letargo y estaba
convencido de que los cantos de sirena de aquellos políticos que
habían instigado el golpe del ‘73 y que ahora pretendían repartirse el
poder con los hombres de la dictadura, desde ministerios e
instituciones del Estado, alejaban cada vez más el ansiado retorno a
la democracia. La misma que esos personeros habían destruido a sangre
y fuego, con el apoyo absoluto del Imperio criminal, en una “guerra”
que fantasiosamente habían comenzado a inventar desde el mismo día del
triunfo del presidente Salvador Allende y de la Unidad Popular.
Durante los primeros años
de dictadura, en medio de la persecución, prisión, exilio y muerte el
movimiento popular, desde la clandestinidad el pueblo comenzaba a
reorganizarse, fiel al legado de Allende en su epopéyica despedida. “El
pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe
dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán
otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición
pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que
tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el
hombre libre, para construir una sociedad mejor”.
Los de 1970 a 1973, fueron
años difíciles. Más allá de estar plenamente conscientes de que la
oligarquía y el Imperio no estaban dispuestos a aceptar un nuevo brote
revolucionario en el continente, el movimiento popular y sus
principales partidos -con gran voluntad, decisión y entrega- abrían
camino a un gobierno popular para dar paso a un profundo cambio
social, interpretando así los sueños y esperanzas de una generación
que estaba convencida de que un mundo nuevo era posible. Eran años en
que los movimientos de liberación nacional eran mirados con simpatía y
respaldados por las influyentes fuerzas progresistas a lo largo del
planeta.
Pero nuestra ingenuidad
era enorme, porque mientras construíamos y aportábamos nuestros
mejores esfuerzos a interminables jornadas de trabajo voluntario en el
terreno productivo y en la alfabetización, la derecha y el imperio
intentaban paralizar el país llevando el terror a la población, a
través de gigantescas campañas de prensa, sabotaje y guerra
psicológica. Al mismo tiempo, urdían una conspiración con las Fuerzas
Armadas, creando así las condiciones para dar el zarpazo cruel y
artero, que terminó destruyendo las bases democráticas. Las que por
años utilizaron y dijeron defender y que ahora no dudaban en avasallar
porque ponían en riesgo sus intereses y privilegios de clase.
La heroica resistencia del
movimiento popular, en medio del terrorismo de Estado que se desató
con furia contra la población, fue dando sus frutos. Pero muchos
compañeros cayeron en esta lucha sin tregua e incluso direcciones
completas de los partidos, en particular del PC y el MIR, fueron
hechas desaparecer. A pesar de ello, se fue articulando un gran
movimiento social que desafiaba el cerco represivo e irrumpió con
protestas populares de carácter territorial que poco a poco se
transformaron en una gran marejada, con expresión en todo el
territorio nacional. El pueblo comenzaba a decir basta de dictadura.
En ese contexto, y
agotados todos los espacios democráticos, surgió el llamado a la
Rebelión Popular, estrategia destinada a poner fin a la tiranía,
recurriendo a todas las formas de lucha y que reivindicó el derecho
universal del pueblo a defenderse de la opresión con todos los medios
a su alcance. La idea era ir avanzando hacia la desobediencia civil y
generar un estado de ingobernabilidad que abriera cauce a la
recuperación democrática. Como parte de esa estrategia comenzó la
estructuración integral de un quehacer inédito en la vida del Partido
Comunista que tenía como base la autodefensa de masas y un accionar
especial instaurado en un principio mediante grupos abocados a
ejecutar una serie de acciones audaces esencialmente de carácter
propagandístico.
Con en ese objetivo nació
el FPMR, en diciembre de 1983, concibiendo la acción armada como
instrumento del quehacer político. Es decir, íntimamente vinculado a
la movilización popular. De inmediato el accionar del Frente fue visto
con simpatía por amplios sectores de la población y fue demostrando la
justeza de la política de Rebelión Popular. La contracara fue que
rápidamente se transformó en uno de los objetivos principales de los
organismos policiales y de seguridad. La audacia y la astucia eran la
base de sus operaciones, demostrando en los hechos que, a pesar del
poder absoluto de la tiranía, éste era vulnerable.
El ascenso de la lucha
popular y una dictadura aislada internacionalmente y sólo aferrada al
poder mediante el terror, generaron condiciones favorables para el
derrocamiento del dictador que pasó a transformarse en el gran escollo
para el retorno a la democracia. Alarmadas por el avance popular, las
fuerzas políticas de centro y de derecha aceleraron un proceso
negociador, mientras el PC definía 1986 como el año decisivo para
terminar con la dictadura, previendo incluso que la Rebelión Popular
se podía transformar en una verdadera sublevación nacional, que
permitiera una salida lo más avanzada posible desde el punto de vista
de los intereses del pueblo. Obviamente, se estaba lejos de plantear
el camino de la lucha armada para obtener la toma del poder, más allá
de que algunos creyéramos en esa senda.
PREPARACIÓN POLÍTICA Y
COMBATIVA
En función de ello, en
enero del ‘86 comenzó un plan de preparación política y combativa
destinado a asegurar la movilización y la lucha. En el corazón del
barrio alto, a metros de unos de los primeros centros comerciales
ostentosos que inaugurara el neoliberalismo en nuestra patria -el
Apumanque- una casa de alquiler pasó a ser un campamento de verano,
por donde desfilaron un centenar de compañeros, secretariados
completos de los distintos comités regionales del Partido. Por cierto,
miembros de la propia dirección partidaria, encabezados por la propia
Gladys y algunas connotadas figuras públicas, hoy en la Concertación.
Los contenidos esencialmente eran políticos: trabajo militar de masas;
técnicas y tácticas de la autodefensa; seguridad y otros. El elemento
rector fue el plan de sublevación nacional. El mero hecho de
participar en estos encuentros daba la idea de la disposición más
absoluta de enfrentar a la tiranía en todos los planos. El intercambio
y la discusión en estos encuentros reforzaba la moral y nos daba la
confianza más absoluta en la posibilidad cierta de dar un paso
decisivo en el término de la tiranía.
En lo concreto, burlar a
los servicios de seguridad con eventos de esta magnitud no era tarea
fácil: se entraba y salía de la casa sólo al anochecer. Había un
pequeño grupo de logística encargado de la alimentación y la entrada
de los compañeros. Funcionaba un contingente que exponía distintas
temáticas y otro grupo de seguridad. Entre otros hermanos, lo
integraba José Peña Maltés, quien un año después fue secuestrado,
asesinado y lanzado al mar junto a otros cuatro compañeros por órdenes
del mismo Pinochet, mientras se desarrollaba el secuestro del
comandante Carreño, quien fue liberado sano y salvo tras permanecer
capturado por el FPMR, en una de las más aplaudidas operaciones
nacional e internacionalmente.
En aquella escuela del
verano del 86, nuestra defensa estaba constituida por una docena de
flamantes M-16, algunas granadas y lanzacohetes. Además, contábamos
con una permanente radioescucha mediante un scanner -obsequio de
compañeros del MIR- que nos permitía estar al tanto de los movimientos
de la CNI, Carabineros e Investigaciones. Vale la pena decir que los
resultados de estas escuchas en más de una oportunidad permitieron
conocer que compañeros o unidades estaban siendo controladas por el
enemigo. Así como el mismo método utilizado por la propia prensa
democrática un año más tarde le posibilitaron desenmascarar a la
dictadura cuando pretendía hacer pasar como enfrentamiento entre
bandos a una de las más siniestras acciones de exterminio, a la que
bautizó Operación Albania, donde fueron aniquilados doce de nuestros
hermanos.
Entre
ellos estaba “Ernesto”, José Valenzuela, el jefe de la
emboscada al tirano.
En 1986, se sucedieron una
serie de hechos que de una u otra forma alteraron de manera
significativa los planes previstos. La movilización popular alcanzaba
altos niveles y un punto determinante se planteaba para el paro del
2-3 julio. Pero por decisiones políticas partidarias en los últimos
momentos se determinó bajarle el perfil en cuanto al grado de
confrontación, aunque inicialmente se había concebido como un ensayo
de lo que sería la sublevación nacional. En ese contexto y teniendo
claro que el gran escollo era el mismísimo dictador, comenzó a
transformarse en una necesidad sacarlo del camino, para lo cual se
elaboraron una serie de ideas operativas. La más avanzada era minar
una parte importante del camino usado por su comitiva durante el
desplazamiento a su lugar de descanso los fines de semana.
En ese sentido, esta
operación era de gran envergadura pues se partía del conocimiento del
gran despliegue de seguridad que lo acompañaba, con un rastreo previo
de los distintos itinerarios empleados. Por tanto cualquiera fuera la
opción debía realizarse en el más absoluto sigilo y ello obligaba a
que las etapas previas fueran realizadas por un reducido grupo de
compañeros. De igual manera se desecharon otras ideas con el objeto de
evitar por todos los medios víctimas ajenas al hecho. Quedaba claro
así que tenía que ser durante el desplazamiento de la comitiva y en un
lugar abierto. Durante este periodo de preparación se sucedieron los
hechos de Carrizal, lo que significó un duro revés: el control
operativo de las fuerzas represivas y las masivas detenciones
generaron serios problemas de seguridad sobre todo en lo relacionado a
la movilidad de los combatientes y de los medios.
OPERACIÓN SIGLO XX
Sin lugar a dudas estos hechos
afectaron el cuadro político. El Imperio, la dictadura y las fuerzas
de derecha, que la conformaban, y aquellos que esperaban ansiosamente
volver al poder advirtieron atemorizados que el pueblo hablaba en
serio y que el término de la dictadura estaba en el umbral de
transitar por un camino que aseguraba un protagonismo popular en
correspondencia con su lucha y objetivos. Presionado
internacionalmente, el régimen también comenzó a ceder. Al interior
del PC afloraron con mayor energía cuestionamientos a la política
militar y por cierto, a la Rebelión Popular. La imposibilidad de una
apertura real y que incluyera a las fuerzas populares, determinaron la
urgencia de sacar al tirano del medio, incluso a riesgo de que fueran
otros los que capitalizaran políticamente la acción.
Se decidió, por tanto,
diseñar una nueva operación a cuya cabeza se puso el mismo jefe del
FPMR, Raúl Pellegrín y al frente de la acción a José Valenzuela Levi,
“Ernesto”, quien había demostrado su capacidad de mando, valentía y
entrega tanto en contra de la tiranía pinochetista como en tierras de
Sandino, durante la lucha en contra de las bandas mercenarias que
asolaban al norte de Nicaragua. Se designaron los mejores y más
experimentados combatientes del Frente para integrar el grupo
operativo. Todo hacía pensar en un gran combate, teniendo presente que
una fuerza de elite acompañaba al dictador y que nunca existió la
certeza de cuál era el vehículo real en que viajaba el tirano. Eso
hubiera facilitado las cosas pues el poder principal se hubiera
concentrado allí. A pesar de eso, el terreno elegido reunía las
condiciones óptimas para la acción.
Llegó así el 7 de
septiembre y todos los combatientes se encontraban desplegados en sus
posiciones. La exploración avanzada del tirano no percibió nada
anormal. Comenzó el combate y más allá del factor sorpresa, “los
nobles y valientes soldados” -acostumbrados a una “guerra” contra un
pueblo desarmado- sólo atinaron a buscar refugio, dejando en evidencia
que su valentía sólo se ponía en práctica frente hombres, mujeres y
niños atados y vendados. En honor a la verdad, el chofer del tirano
fue el único que reaccionó y en una maniobra desesperada logró romper
el cerco tendido. Siendo ése el objetivo principal de la acción se
inició la retirada, respetando la vida de aquellos que -escondidos-
habían abandonado a su suerte al Capitán General.
Si bien es cierto la
acción no cumplió su objetivo, tuvo éxito operativo, no existiendo
bajas del FPMR en el fragor de la batalla. Se sentó así un precedente
moral inédito en nuestra historia en que un puñado de patriotas que
estuvo dispuesto a frenar la barbarie de la dictadura, interpretando
el sentir de un pueblo que alzaba su voz y decía ¡BASTA DE CRÍMENES!
¡DEMOCRACIA AHORA!
En lo político, quedaba
clara la opción y más allá de las declaraciones de los mismos de
siempre que tibiamente condenaban la acción, estaba la alegría y la
confianza en que era posible un nuevo amanecer. Alegría que pronto se
vio empañada por la vocación asesina del tirano ya que la venganza no
se hizo esperar. La jauría represiva se desbandó como siempre que se
vio amenazada por el avance popular y salió a matar a diestra y
siniestra. En esa noche de terror y estado de Sitio, cayeron dos
destacados compañeros del MIR, José Carrasco Tapia y Gastón
Vidaurrázaga, y dos camaradas del PC, Felipe Rivera y Abraham
Muskablitt. Naturalmente el objetivo principal lo constituía la fuerza
que había actuado y en particular el jefe del Frente y el jefe de la
operación, por lo cual los represores no descansaron hasta el día en
que de manera vil y cobarde los asesinaron. El comandante José Miguel,
Raúl Alejandro Pellegrín Friedman, cayó en octubre de 1988 en el curso
de la retirada de la acción Los Queñes junto a la comandante Tamara,
Cecilia Magni Camino, jefa de logística en la emboscada al tirano
La Operación Siglo XX,
como se llamó en realidad, marcó un hito en nuestra historia y
contribuyó al término de la tiranía. A pesar de los cambios ocurridos,
lamentablemente hasta hoy la justicia aún permanece lejos, aunque la
verdad haya ido abriéndose paso de a poco gracias a la lucha de
nuestro pueblo y sus organizaciones. Tenebrosos personajes de ese
entonces, civiles y militares, gozan de fortuna y total impunidad. Sin
ir más lejos el propio tirano aún no responde por los crímenes de lesa
humanidad que practicó durante los 17 años de poder total.
En un nuevo septiembre
¡honor y gloria a aquellos que lo dieron todo por abrir esas grandes
alamedas que aún permanecen cerradas y que al parecer una nueva
generación está dispuesta a abrir! La Rebelión Popular fue nuestro
camino y la dignidad, nuestra principal arma. ¡Se siente, Allende está
presente! No en los que claudican y negocian sino en quienes hoy abren
esperanzas de lucha. |