|
21 de Octubre, 1988: La toma de
Pichipellahuén
COLECTIVO IZQUIERDA SIGLO
XXI, COMBATIENTES INTERNACIONALISTAS
En
el marco de la conmemoración de un Octubre Revolucionario, hemos querido
rescatar con justeza, uno de los episodios importantes de lucha que nutren
nuestra memoria histórica. El valorar en su real y objetiva magnitud estos
hechos, seguramente, nos permitirá poseer las herramientas y experiencias
necesarias para proyectar dignamente nuestro futuro, sacando las lecciones
del caso.
La irrupción armada que realizó el FPMR de esa época, un 21 de octubre de
1988, y que significó el copamiento de cuatro poblados a lo largo del
país: Aguas Grandes, La Mora, Los Queñes y Pichipellahuén, además de otras
acciones en la ciudad, ha dejado huellas imborrables para la lucha
popular. El propagar esta experiencia es un imperativo ético que todo
revolucionario debe realizar. Y son las presentes y futuras generaciones
de constructores y luchadores sociales los que deben apropiarse de esta
experiencia. Ciertamente que, en el actual contexto, comenzando por
rescatar los principios y valores que dieron sustento y vida a este
accionar.
A continuación, ponemos a disposición de todo aquel hermano y compañero
lector de un material-escrito inédito y que ha llegado a nuestras manos de
uno de los protagonistas de estos hechos. Por razones personales y que
poseen legitimidad, por ahora, el autor ha querido quedar en el anonimato
cediendo el protagonismo a sus hermanos y compañeros de lucha, con la
fuerza de todos, los presentes y los ausentes.
21 de Octubre, 1988: La toma de Pichipellahuén
Después
de la separación del Partido Comunista en 1987, la Dirección Nacional del
Frente Patriótico Manuel Rodríguez decidió que varios de nosotros nos
insertáramos en los territorios rurales del país. No recuerdo con certeza
la fecha, pero sí me acuerdo de las palabras de Raúl Pellegrín, "Rodrigo":
".....hay una zona de muchas tradiciones combativas en Curanilahue, Tirúa,
Lumaco, Traiguen, Nueva Imperial, Temuco para la costa... Debes instalarte
y a la vuelta de unos meses, te contactaremos. Tu tarea es a largo plazo.
Aquí tienes plata para el bus, unos pesitos más, por si nos perdemos, y a
la vuelta de esos meses, debes tener donde recibir compañeros. Debes ser
un paisano más en esos lugares. Mándanos un lugar de contacto." Alguien
dijo que no fuera en ciudades. "..en un monte," dije yo, "correcto" , dijo
Rodrigo. "..Con comida y cafecito para no pasar frío. Ahora sigamos la
reunión."
Mientras me esclarecía la misión, yo miraba el mapa con los pueblos que
había nombrado, y contaba los pesos. "¿Alguna cosita más?", le pregunté
por si fuera poco. "Sí. Ten charqui. Cómpralo en Saltos del Laja. Es súper
bueno. Tranquilo –agregó-, veremos si te damos un contacto de llegada y
hermanos que se te unan. Lo demás es pega tuya."
Todo esto sin el apoyo del Partido Comunista sería difícil. Había que
construirlo todo; es decir, buscar un lugar donde alojar, inventar la
justificación de la presencia de uno en el lugar, tratar de parecer una
persona normal, no llamar la atención, buscar un medio de subsistencia,
conseguir amigos, etc. Eso y un montón de cosas más significaban para los
rodriguistas la orden: "Instalarse en un territorio".
La estrategia política del Frente buscaba tener presencia combativa en
todos los territorios del país, y para ello se requería que los cuadros se
insertaran socialmente para desde ahí generar el accionar
político-militar. Evaluamos que el accionar urbano estaba limitado en
cuanto a poder contar con fuerzas organizadas y de mayor movilidad. Todo
esto se enmarcaba dentro de la estrategia de Sublevación Nacional, que
considerábamos que el Partido había desechado.
La misión de "instalación territorial" y su cumplimiento significó en lo
personal, para varios cuadros rodriguistas y para el mismo Frente, la
irrupción armada del 21 de octubre de 1988, con la toma de cuatro pueblos.
Pero también redundó en un alto costo con la muerte de Cecilia Magni,
"Tamara", y el propio Rodrigo, como consecuencia de una de las
operaciones, en Los Queñes.
Compré el pasaje en un bus, con todas las precauciones que significaba
para una persona que viajaba sin equipaje. Llegué al sur y salí del
terminal de buses como un lugareño cualquiera, o trataba de que así se
viera. Sólo viajaba con una molestia en la cintura, un fierro de buena
calidad. En el Frente había órdenes que cumplir: "No permitir que lo
arrestaran". Hubo hermanos que la cumplieron con sus propias vidas.
Después, si uno caía preso, había otra orden: "No hablar". Hay muchos que
fueron ejemplos a seguir en medio de tantas torturas, y luego su principal
misión era escapar. Varios hermanos encontraron la muerte en ese intento.
Por lo general, los viajes eran normales y los míos siempre lo fueron.
Llegué a Los Ángeles, límite de "mi territorio" por el este y de ahí
emprendería viaje hacia la costa para adentrarme en la zona. Sería largo
contar cada micro qu e
tomé y por los pueblos que pasé, pero finalmente llegué a Arauco y ese
sería mi centro de operaciones.
Yo tenía experiencia guerrillera, y llevaba un par de años clandestino. No
era conocido y tenía mucha motivación, como todo combatiente que rechazaba
las componendas que se negociaban a espaldas del pueblo: todas las cúpulas
políticas, sin excepción, como en un partido de ajedrez, trataban de
asegurarse el mejor espacio de la nueva situación que se auguraba para
Chile.
Cuando, debido a la presión popular, se temió que el fin de la dictadura
podría darse con una salida revolucionaria, tanto Estados Unidos y la
propia oposición burguesa chilena se adelantaron para frenarla, para
asegurar el control sobre la "transición a la democracia" dentro de marcos
que le eran aceptables. Para la derecha y el empresariado que se habían
favorecido con la dictadura, ceder a una transición tutelada les aseguraba
conservar el poder económico y político alcanzado. Estos actores acuerdan
seguir el trazado de establecimiento de la democracia fijado por la propia
dictadura, negociando los términos de esa transición.
Con esas cartas echadas y fijada la fecha del plebiscito para el 5 de
octubre de 1988, el FPMR ordena a sus cuadros activar los planes de
operaciones. A mediados de 1988, soy convocado a Santiago e informo de la
situación política de mi territorio. Llevaba meses desde mi llegada a la
zona sur, y ya era lugareño. Nos habíamos ido organizando; armamos una
jefatura, fuimos marcando sectores y muchos lugares quedaron preparados
para recibir compañeros, sobre todo en la Cordillera de Nahuelbuta. Nos
sentíamos seguidores de las luchas mapuche y estudiábamos con respeto y
admiración la experiencia de los compañeros miristas.
Al terminar mi informe, se me ordena preparar la toma de un poblado en la
zona mapuche. Esa acción estaba enmarcada en nuestra estrategia
político-militar de Guerra Patriótica Nacional (GPN), que iría acompañada
de otras acciones en el territorio nacional. El plebiscito podría sacar a
Pinochet del poder, pero legitimaría la institucionalidad instalada a
sangre y fuego por los militares y las fuerzas políticas derechistas. En
otras palabras, el poder económico y militar sería asegurado por la
derecha. La salida negociada se estaba preparando desde antes del 5 de
octubre, y como el propio juntista Matthei confirmó después, el plan de
Pinochet era desconocer los resultados del plebiscito e imponer el estadio
de sitio, recrudeciendo nuevamente la represión. En ese contexto, que ya
intuíamos, nuestra intención era actuar si se desconocían los resultados.
Al regresar a la zona, activamos los reconocimientos y llegamos a la
conclusión de que el pueblo que podíamos tomar con las fuerzas posibles de
movilizar, sería Pichipellahuén, cerca de Capitán Pastene, en la novena
región. Informo de esa propuesta, y después de muchas discusiones, es
aceptada. Se me pide esperar hasta que se decida quiénes participarían en
la misión. Yo tenía esperanzas de participar debido a mi conocimiento del
territorio, única ventaja por el que los rodriguistas siempre estaban
dispuestos a actuar, pero debía esperar.
No sé cuanto tiempo pasó, pero un día llegó un mensaje: la Dirección
Nacional del FPMR había decidido la fecha de la acción y se me había
designado jefe. Yo estaba confiado de que podía estar en las filas de los
combatientes, pero me impactó saber que sería el responsable de toda la
acción: entrar, tomar el pueblo, retirar las fuerzas, volver a la
normalidad sin ningún tipo de bajas. Encarecidamente se me pide que no
debíamos tener bajas; la misión en concreto era tomar control del pueblo,
y esto implicaba copar, neutralizar las fuerzas represivas, propagandizar
nuestras ideas y retirarnos.
Un compañero mensajero me entrega un contacto para recoger los medios que
utilizaríamos. Ya teníamos la zona preparada para recibirlos, y decidí,
como era la tónica de los jefes rodriguitas recogerlos personalmente, que
el resto de los hermanos debían seguir haciendo lo que estaban haciendo.
No era el momento de informar los detalles de los planes futuros.
Recuerdo claramente como si fuera hoy, cuando inicié la caminata por una
calle de Nacimiento, con la señal convenida. El contacto para recibir los
medios, el que venía con la señal de normalidad en sentido contrario, era
Rodrigo… "¿No te parece, jefe, que tú no debías venir a buscar estos
regalos?" me preguntó. "......¿Y cómo estamos por casa?", le respondí. Nos
dimos un gran abrazo, y como era su costumbre, me preguntó cómo estaba,
cómo me sentía, y nos fuimos por ahí a almorzar. No sabía que sería la
última vez que lo vería. Terminado el almuerzo, decidí partir y me dijo:
"¿Crees que te voy a dejar botado aquí con todas esa cosas?" .Yo me
trasladaba en buses, pero esta vez él me llevó y me dejó cerca de mi
territorio.
Seguimos
hablando de distintos temas, como de Moisés Marilao, oficial mapuche
internacionalista muerto en un enfrentamiento en Temuco. Yo consideraba
que ocupaba el lugar que le correspondía a él. Ante esa opinión, Rodrigo
me dijo algo como: "Cuando vamos a un combate, debemos ir con la fuerza de
todos, los presentes y los ausentes." Al despedirse, me dijo que después
de terminada la tarea, nos comeríamos un pollo al coñac. Estábamos todos
invitados por Eduardo, el querido "Huevo", Roberto Nordenflycht.
Siempre he pensado, ¿por qué putas no le pregunté si él iría a alguna de
las acciones programadas?. Fue algo tácito entre todos los hermanos que no
era necesario que él y otro jefe se expusieran. Me queda claro hoy que las
decisiones importantes en la vida de una organización, no la deben tomar
sólo una o dos personas.
El 4 de octubre, los rodriguistas estuvimos acuartelados en ciudades y
montañas, a horas de nuestros objetivos. Pensábamos que se concretaría el
fraude, pero esto no sucedió. Escuchamos el triunfo del "No" en una zona
montañosa mapuche, con las fuerzas listas para actuar.
Esta situación, el triunfo del "No", significaba no operar y debí
recontactarme con mis jefes superiores. A la semana estaba reunido con
ellos, y se pidió mi opinión. Yo dije sin titubear un segundo que se debía
operar igual. Lo dije para enfatizar que consideraba que la situación de
la represión y el poder de la dictadura no habían cambiado. "Todos los
jefes piensan como tú respecto de actuar" –me dijeron- "pero con respecto
a porqué hacerlo, tiene que ver con cosas mucho más profundas de las que
tú piensas. No es sólo una cosa de voluntad.". El jefe me quedó mirando.
"Mira, hermano, vamos a actuar el 21 de octubre, vamos a demostrar que no
aceptaremos que se negocie la salida de la tiranía a espaldas del pueblo.
Están vendiendo el futuro de nuestro pueblo, se está negociando todo.
Pensamos que el pueblo quiere cambios reales y no una repartija de poder
bajo las sombras. Manuel golpeará el 21 de octubre y el éxito de la misión
de ustedes es parte de ese puño justiciero," dijo.
No me atreví a bromear con el asunto del pollo ofrecido por Eduardo. La
situación estaba tensa. Volví a mi zona y en un lugar de Purén en la
Cordillera de Nahuelbuta, informé a mi jefatura, compuesta por mapuche y
afuerinos. Llamábamos afuerinos a los que no teníamos la suerte de ser
mapuche. Se repartieron misiones, y estas incluían varias tareas que
apoyarían en un anillo externo a la operación misma. Nadie conocía la
acción principal, ni menos que sería parte de un golpe mayor de Manuel.
Se decidió hacer un apagón diversionista en Temuco, y un jefe partió con
esa misión. Otro hermano recogería a un grupo que vendría del norte;
también se retiró y el resto partimos a la zona de Capitán Pastene, por
diferentes medios. A la base que pasamos el 4 de octubre llegamos los que
participaríamos en la toma del pueblo. El destacamento era principalmente
mapuche; eran buenos combatientes. Nuestra base contaba con todo lo
necesario para estar varios días: área de dormida, almacén de medios, de
cocina, de aseo, de ejercicios, pozos de tiradores y puntos de observación
y vigilancia. Según los afuerinos, nuestra base era secreta e
impenetrable, y sinceramente lo creíamos.
Días antes del 21 de octubre, planificamos de nuevo la toma del pueblo. Ya
no teníamos contacto con el resto del Frente a nivel nacional. Las cartas
estaban tiradas y lo único que comentábamos es que no fallaríamos. Para la
toma de Pichipellahuén, seríamos 15 combatientes en la fuerza central y 6
en la fuerza de apoyo combativo cercano. Estos últimos regresaron del
reconocimiento; su misión era cortar el acceso lejano al pueblo varios
kilómetros, y actuarían independientes de la fuerza central. Esto impedía
el apoyo al retén y aseguraba nuestra salida de la zona. Otros seis
brindarían el apoyo diversionista cerca de Temuco. La fuerza central
estaba a una noche de camino, y por lo derecho de su objetivo, los
traslados a los diferentes lugares se realizaban de noche y nos
enraizábamos durante el día. Donde nos pillaba la luz del día, se acababan
los movimientos, hacíamos cuevas entre los matorrales y no nos movíamos
hasta la noche. Muchas veces se nos acercaron lugareños, incluso una vez
uno meó cerquito de nosotros y nos cagamos de la risa en silencio del que
le tocó recibir la meada.
La noche anterior a la partida, regresó el hermano encargado de recoger al
grupo del norte sin ellos. No llegaron o no se encontraron, nunca se supo.
Eso obligó a cambiar los planes: la fuerza central quedó compuesta por
sólo 10 combatientes - seis combatientes sin experiencia, cuatro con
formación militar. De estos últimos, dos contaban con formación militar
regular y dos con formación militar irregular. Debo aclarar aquí, que
aunque hubiéramos sido dos o uno, puede ser locura, pero nosotros
cumpliríamos nuestra misión, eso no estaba en discusión.
Llegó el momento de la partida, y nunca lo olvidaré. Despedimos a los
compañeros de la fuerza de apoyo, eran todos mapuche y me impactó su
fuerza. Cumplirían su misión, no cabía duda. Abracé a cada uno de ellos, y
creo que de ahí me quedó la costumbre de abrazar a cada hermano siempre
que se pueda, como muestra de cariño y de hermandad, algo como… tu suerte
es la mía hermano... expresada en un abrazo.
Llegamos a un explanada y un oficial mapuche me detiene y me dice, "Jefe,
mi gente quiere despedirnos." "¿Qué estás diciendo?", le pregunté.
"Sí, jefe. Desde que nos decidimos a actuar, ellos nos han estado
apoyando, y su fuerza va con cada uno de nosotros, incluso ustedes que no
son mapuche," me explicó. Nos miramos los otros tres afuerinos y antes de
poder responder, estábamos rodeados por una gran cantidad de personas de
todas la edades. Formé al grupo. Estábamos armados y nos pusimos frente a
ellos. La luna estaba muy clara, se veían los rostros, y con una ramas de
árbol una mujer vestida con adornos mapuche me rodeó, diciendo palabras
que no entendía y dándome pequeños golpes con las ramas. Luego, siguió con
cada combatiente. Un viejito nos dijo: "No fallen. Mantengan la calma, eso
les hará pensar bien. Todos estamos con ustedes, la naturaleza los
cuidará. Ustedes son nuestros."
Los afuerinos éramos objetos de mucha atención y cariño, y yo no salía de
mi asombro. Miré la hora y no sé cuánto tiempo había pasado, pero di la
orden: ¡Nos vamos! . Formamos columna en orden de marcha y quedamos solos
los diez combatientes. Los mapuche desaparecieron y partimos a cumplir con
nuestra misión.
Debíamos caminar toda la noche y lo hicimos. El paso del guía era rápido
pero llevable. Cada combatiente vestía uniforme verde olivo, portando
fusil, alimento personal y buenas botas de goma. Llegamos al amanecer del
20 de octubre a las inmediaciones del objetivo, organizamos el campamento,
preparamos los explosivos, y esperamos. Ya conocíamos en exploraciones
anteriores que el lugar elegido era tranquilo, que con mucho cuidado
podíamos trabajar de día. Observamos el pueblo, su vida cotidiana, el
retén, el vehículo policial, todo tranquilo.
Atacaríamos de noche el 21 de octubre. Cuando ese día comenzó a oscurecer,
juntamos a todos y nos dimos fuerza. El orden de combate era organizados
en dos grupos que se mantenían a la vista. Llegamos a las cercanías del
pueblo, y comenzó a llover de una forma impresionante. Quedamos empapados
inmediatamente; hacía mucho frío. Nos cruzamos con algunos lugareños, que
nos miraban y seguían de largo. La lluvia y la noche nos protegían. En la
casa aledaña al cuartel encendimos la carga potente que preparamos en el
campamento. Nos acercamos y entre dos hermanos lanzaron la carga al techo
de tejas del cuartel con excelente puntería. En la ventana del cuartel que
daba a nosotros se asomó un policía, nos miró y se ocultó. Seguramente el
ruido del golpe de la carga en el techo los había alertado. Con
preocupación mirábamos el techo; no veíamos humo. La lluvia lo apagó, nos
decíamos, y nos dispusimos a atacar. Reapareció el humo y retrocedimos.
Fueron minutos interminables. Nos protegimos y sentimos la explosión que
fue tremenda. Todo el techo voló por los aires. De acuerdo al plan, salí
en dirección a la puerta, y los otros hermanos ocuparon puestos laterales.
Empecé a disparar parado frente a la puerta, pero no salió ninguna bala.
Se había trancado el fusil de mierda… Lo destrabé y con el hermano que me
acompañaba empezamos a disparar. No se veía un alma. El resto de los
combatientes se acercó al lugar donde debía estar el vehículo, pero no
estaba ahí.
Se apagaron todas las luces en las casas del pueblo, que tenía una ancha
calle principal. Los policías, cuyo número nunca supimos, habían escapado
por la puerta posterior. Esto lo presumimos, porque no quedó ningún alma y
el cuartel estaba destruido. Entramos solamente a la primera sala, porque
más allá no se podía pasar por los escombros. En vista de eso, salimos y
disparamos al aire. Los hermanos mapuche empezaron a gritar consignas en
su vocablo. Estaban enardecidos, gritaban "¡Viva Leftraru! ¡Leftraru,
somos tus hijos!" Gritábamos todo tipo de consignas, hasta garabatos, la
madre de Pinochet fue la más mentada. No paraba de llover. Bendita la
lluvia, me decía, era la naturaleza que nos protegía. Pero los volantes
que lanzábamos al aire quedaban embarrados inmediatamente. Fuimos a la
escuela, y después seguimos por la calle principal. Habíamos cumplido la
misión: teníamos control del pueblo, y las fuerzas represivas se habían
hecho humo.
Pasado un tiempo, que sinceramente nunca he sabido cuanto fue, nos
reagrupamos y ordené la retirada. Del cuartel nunca más se supo y partimos
en retirada. Debíamos estar a una distancia considerable cuando
amaneciera. Salimos en columna del pueblo y luego de unas horas de marcha,
nos juntamos en un círculo a la luz de la luna y la lluvia, y nos
separamos en distintos grupos: cuatro nos retiramos en una dirección y
seis en otra. Fue emotiva esa separación.
Mi grupo de cuatro hermanos debía caminar tres noches para estar en un
lugar seguro. Al amanecer de la primera noche, por radio nos enteramos que
ya se sabía la noticia en todo Chile y eran cuatro poblados los
controlados por el FPMR: La Mora, Aguas Grandes, Pichipellahuén y Los
Queñes, además de una serie de acciones en Santiago. Recién entonces
dimensionamos en lo que habíamos participado. Pensamos en los compañeros
de las otras acciones, cómo estarían, sentíamos orgullo de ser del Frente.
Durante el primer día de retirada, debimos cambiarnos la ropa mojada y
dormimos envueltos en unos plásticos sin ropa para generar calor. La
segunda noche de retirada, el camino era con muchas subidas, no nos
podíamos las piernas. De nuevo, de día permanecíamos inmóviles. La última
noche llegamos, no sin dificultades, al punto en que tomaríamos un bote en
un lago. Remamos varias horas y llegamos a la base de retirada, limpiamos
el armamento, dormimos un rato y salimos a un camino donde a los dos
últimos nos recogería un vehículo, pero ya vestidos de paisanos y con los
medios protegidos en un buen escondite.
A la señal convenida, apareció el vehículo y salimos para mi zona, yo
debía partir a Santiago al encuentro con Rodrigo y los demás jefes. Debo
haber llegado a Santiago alrededor del 26 de octubre. Estaban presentes
todos los encargados, pero de Los Queñes no llegó nadie. Rodrigo no llegó,
y ahí por boca de otro jefe me enteré que él había participado en Los
Queñes. Estábamos molestos con su decisión, pero preocupados por su
tardanza.
Intercambiamos opiniones de las acciones realizadas y seguimos esperando
al Jefe, que nunca llegó a la cita. Días después, leímos en un diario que
había aparecido muerto con Tamara en un río. La noticia nos golpeó duro.
Rodrigo consideró que debía participar para dar el ejemplo - esta
operación era de jefes, porque implicaba una apuesta de futuro. Hoy a los
años, lamento la decisión de Rodrigo de participar directamente en las
acciones; no había sido necesario.
La idea rodriguista quedó impregnada en el pueblo. El Frente que yo conocí
fue como Manuel Rodríguez -salió un día y no volvió más, está en el
corazón del pueblo-. Como revolucionario, justifico las acciones del 21 de
octubre. Demostramos que podíamos llevar la lucha contra la dictadura en
diferentes territorios del país. Pinochet fue obligado a respetar la
agenda ideada para nuestro país por Estados Unidos en conjunto con las
clases dominantes en Chile. Nosotros éramos un peligro para esa salida
transada, y se puede comprobar hoy lo que preveíamos: la derecha y los
grandes empresarios que se apropiaron del poder y robaron las riquezas de
todos los chilenos, negociaron a espaldas del pueblo con la actual
Concertación y transformaron a este país en un ejemplo para Estados
Unidos, aislado de los pueblos latinoamericanos, asegurado por una policía
y un ejército recauchado, y por los propios políticos sistémicos que
tienen asegurada su tajada de poder.
Gran parte de nuestro pueblo no entendió el accionar del 21 de octubre de
1988, y creo que hicimos poco para dar a conocer nuestros objetivos, o no
pudimos hacerlo. La muerte de Raúl Pellegrín fue un gran golpe, pero el
pueblo es el único que puede juzgarnos.OCT
|